Amor es Roma al revés

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24 Marzo, 2019

Amor es Roma al revés

Por Gabriel Marclé

Debo decir que “Roma” fue una de las películas que más esperé en todo 2018. Quizá tenía la esperanza de verla en gran pantalla, con la experiencia que brinda una sala de cine, hecha para este tipo de obras. Pero debí conformarme con mi silla, y la tele de mi casa, conectado a Netflix, la red de streaming en la que fue difundida. Con 35° de calor me disponía a atravesar una película que se presentó compleja de principio a fin, un camino que se volvía turbulento pero que quería recorrer de la manera más sincera posible.

No soy de hablar de “peliculones”, de enamorarme fácil de las obras que buscan atraparme desde un comienzo. Tampoco soy de buscar historias que me impacten de manera personal, esa película que te recuerda al perro que se te perdió en la niñez o la chica que te rompió el corazón en tercer grado cuando querías que fuera tu novia. Sin embargo, por alguna razón, “Roma” se volvió parte de mí vida, me arrastró a los recuerdos más cercanos con un grado de universalidad pocas veces visto. Ese barrio podía ser el macrocentro riocuartense, el aire que ondea con los calores de verano en las costas del río. Salvando las diferencias, todo se me hacía familiar, pero rápidamente pude ver por qué: en esa película estaba mi “lela”, mi abu. No personalmente, pero su espíritu estuvo rondando por mi cabeza todo el tiempo que aprecié ese lienzo que retrataba en blanco y negro la historia de Cleo, una empleada doméstica que convive en el seno de una familia que sufre un quiebre en el Méjico de los 70’s.

Si no vieron “Roma”, trataré de evitarles detalles que puedan opacar su experiencia, pero desde el comienzo supe cuál era mi parte en esa historia. Es por eso que, tiempo después, me sorprendió encontrarme con críticas hacia la película del galardonado Alfonso Cuarón –el director mejicano ganó el Oscar a mejor dirección por esta obra-, en donde se apuntaba de forma maliciosa a la supuesta “visión clasista” de la experiencia que atraviesa el personaje de Cleo.

Suelo evitar el enojo o la descalificación hacia ciertas miradas, pero es de clasista exigir que lo que vemos se adapte a nuestros estándares. Quizá el desconocimiento de esa vida, la de servir. Pude verlo desde otros ojos, porque desde la primera escena, baldeando el garaje lleno de tierra y caca de perro, Cleo se convirtió en mi abuela. Es por eso que comprendí –aunque atravesado por la tristeza- cómo se esforzaba tanto por amar a los niños que cuidaba, de integrarse a una familia que no hacía más que demostrarle de dónde venía y cuál era su lugar. Los niños no mienten, y en Cleo veían a una especie de madre. Tal como Marta que no solo era mi abuela, también lo era para los niños que vivían en las casas donde ella trabajaba.

Cleo fue la Libo de Cuarón, inspirado por tantos años del amor de su nana para hacer lo que hasta el momento es su obra más personal, en la que ajustó cada detalle a la perfección. No solo escribió y dirigió su película, sino que también la filmó –el trabajo de cámara también le valió un Oscar por la fotografía. Cuarón recreó todo lo que formaba parte de su infancia, algo que se siente tan propio, pero se alejó del “yo” para meterse en el otro, con una carta de amor y un “perdón” que esboza como ruego en su amor por quienes lo hicieron ser lo que es.

“Roma” es la historia del latino laburante, de “la” latina laburante. Esa que no vivió en su casa, que no esperó el milagro de la salvación y saboreó desde lo más dulce de un abrazo sincero a lo más amargo de la pérdida. Y que postergó sus pesares por ser aún más importante en el alivio de los pesares ajenos.

“Tu lugar del mundo es donde caes, pero tu destino está marcado por quienes te toman entre brazos para acompañar tu llegada. Quienes no te abandonan en tiempos de penumbra. Quienes saltan al mar sin saber nadar para traerte de nuevo a la costa. Somos porque nos aman”.