Juan Bautista Bustos, o el destino de un instante

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30, Enero 2021

Juan Bautista Bustos, o el destino de un instante

Hoy se cumplen 200 años de la sanción de la primera Constitución Provincial, impulsada por el Coronel en enero de 1821. En 2009, la Provincia envió a concursar una escultura ecuestre y fue elegida la del artista Marcelo Hepp. La primera de una serie fue inaugurada en 2010 como parte de los actos por el Bicentenario, en el Parque Sarmiento de Córdoba. 

Por Gustavo Caleri

Hay momentos en ciertas vidas que no solo la cambian para siempre, sino que también permiten explicarla. En su “Biografía de Tadeo Cruz”, Borges imagina la razón por la que aquel milico integrante de la partida que hostiga a Martín Fierro, súbitamente cambia de bando cuando finalmente logran acorralar al gaucho. Ese instante crucial se anuncia con la desmesurada sentencia de esta frase: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es”.

Juan Bautista Bustos lo supo la noche del 8 de enero de 1820, cuando en Arequito las circunstancias lo llevaron a revolear el poncho y amotinarse contra el Directorio, que le ordenaba como segundo al mando distraer el Ejército del Norte de la lucha independentista para aplicarle un correctivo al santafecino Estanislao López, que andaba muy de amigo con el “uruguayo” Artigas, desconociendo al gobierno del supremo Rondeau.

Como el sargento Cruz, Bustos comprendió en ese momento que ningún destino es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Apenas 10 años después, la muerte lo encontraría enfermo y vencido, aunque sin mancha alguna de arrepentimiento.

Cordobés con acento

Hijo de cordobeses, había nacido en 1779 en tierras de su padre, en lo que es hoy Bialet Massé. Todavía los bigotes no le llegaban a las patillas cuando bajó a Buenos Aires con el contingente oriundo de las provincias de “arriba”, no para hacer turismo, sino para desalojar a los invasores ingleses que habían ocupado los Corrales porteños insolentemente. Volvió de ese viaje siendo teniente coronel de Arribeños y con los “trapos” del 88º de Infantería Británico en su foja.

La Revolución de Mayo lo tuvo entre sus más activos propulsores y cuando llegó el momento de ponerle el pecho a los corchazos realistas que bajaban de la Puna, Belgrano lo convocó a integrar las filas del Ejército del Norte dándole la cinta de coronel mayor. Pero el queso se cortaba en Buenos Aires y desde allí el Directorio, más preocupado por los asuntos domésticos que por sacarse a los españoles de encima, le ordenaba regularmente movilizar su tropa para reprimir a los díscolos caudillos federales.

Así lo hizo con el santiagueño Juan Francisco Borges, primero, y con Estanislao López, después, con quién se enfrentó dos veces acá cerquita, con el Ctalamochita por ciego testigo, en Bell Ville y la Herradura. Cuando le exigieron la tercera dijo basta y clavó el taco en Arroyito.

Argumentos no le faltaban, en sintonía con su amigo San Martín, proclamó: “Las armas de la Patria están derramando la sangre de los mismos conciudadanos cuyo sudor y trabajo les asegura la subsistencia”. El unitarismo porteño jamás se lo perdonaría. En un juego que admitía sólo dos posibilidades, negarse a atacar a uno lo transformaba automáticamente en enemigo del otro.

Bustos, en una litografía hecha por el suizo César Hipólito Bacle

Gobernador con mayúsculas

Después de ese acto definitivo y fundante, volvió a Córdoba con la mayoría de la tropa y unas ganas locas de ser gobernador. Nadie se animó a contradecirlo y fue el primero en la historia argentina en ser elegido democráticamente por el voto universal y obligatorio de todo comprovinciano mayor de 20 años.

Le cruzaron la banda el primer día de otoño de 1820 y al toque mandó hacer lo que faltaba: una Constitución para la provincia y un Congreso Constituyente para la nación. Pudo sancionar la primera hace 200 años, el 30 de enero de 1821, pero fracasó en el intento del segundo ante la mezquina actitud del ministro Rivadavia y sus secuaces.

Tuvo que raspar el tarro de las adhesiones para ser reelecto en el 25 y un par de años más tarde, a dúo con el “loco” Dorrego, volvió a promover un Congreso Constituyente en Santa Fe que pusiera fin a la guerra civil y organizara definitivamente la institucionalidad del país, pero solo logró repetir el resultado del primer intento. La apurada paz con Brasil liberó poder militar y fue Lavalle el unitario elegido para manejarlo. Después del criminal golpe contra Dorrego, el que seguía en la lista era él.

No casualmente la avenida que separa la capital del “interior” lleva el nombre del general Paz: fue a quien los porteños encargaron la limpieza extramuros. Imitando a su adversario, una década después el “manco” volvió a su Córdoba natal con un ejército por detrás, aunque sin una pizca de ánimo electoral.

Bustos lo esperó en el San Roque cuando todavía no era lago con la intención de negociar, pero no hubo caso, Paz solo era sinónimo de guerra. En el invierno del 29, finalmente se trenzaron a todo o nada en La Tablada y, a pesar del auxilio de Facundo Quiroga, la victoria fue unitaria y completa.

En la desbandada, para salvar el pellejo, Bustos se desbarrancó en el Suquía con caballo y todo. Malherido, con el tórax aplastado por la caída, logró llegar a Santa Fe, donde Estanislao López le dio asilo, pero su salud ya estaba desahuciada. Cuando al año siguiente llegó la primavera, su traumatizado pecho ya era alimento de flores nuevas.

Renaciendo del olvido

El pasado tiene muchas formas de volver. Según Bertolt Brecht, no escapa del pasado quien lo olvida, pues éste existe por sí mismo y tarde o temprano tendrá su hora.

El caso del brigadier de Punilla pareciera confirmar esa teoría, desacreditando aquella otra escrita por Mitre que lo condenaba a “merecer el desprecio de la posteridad”.

En los 60, al calor del espíritu revolucionario de la época, su figura comenzó a ser revalorizada y fue así que durante el mandato de Obregón Cano se aprobaron diversos reconocimientos, entre ellos el cambio de nombre de la localidad de Monte Leña por General Bustos (derogada años después) y la intención de un monumento que se perdió en la vorágine de esos años.

Finalmente, en 2009, en pleno auge del “cordobesismo” y su enfrentamiento con el gobierno nacional por la 125, el gobernador Schiaretti encontró vacía esa simbólica monta y baqueano de arreos, se prendió a las riendas de una particular cruzada bustista que incluyó monumentos, bautismos, retrato oficial (obra que pertenece al artista unquillense Alvaro Izurieta), guardia de honor (los federales de Bustos) y la exhumación (y posterior traslado del exilio santafesino) de unos polémicos restos que hoy descansan en el nártex de la catedral cordobesa, justo enfrente de su histórico adversario.

El arbitrario olvido al que fue sometido un personaje tan central en la vida pública de la provincia y la nación resultó paradigmático y misterioso a la vez, amén de imperdonable. El inédito esfuerzo y la notable celeridad puesta en saldar esa deuda histórica, seguramente sea excesiva en ornamentos que enmascaran aristas esenciales del objeto que embellecen, pero para nada invalida lo actuado.

Si la frase borgeana del inicio es cierta, cada destino lleva la marca de un instante irrepetible. Quizás el por entonces coronel Bustos no lo sabía cuando decidió tirar los dados al aire y cruzar el Rubicón de Arroyito. En ese momento solo lo habitaba una certeza, la misma que, dos siglos después, será plantada en bronce en el cruce de España y Sucre. Vaya a verla, amigo lector, es hermosa.

El monumento

En 2009, la Provincia mandó a concursar una escultura ecuestre de Juan Bautista Bustos, siendo la propuesta del recordado artista Marcelo Hepp (1946-2019) la elegida para materializarlo. En ella se lo ve al prócer montado en su leal corcel criollo, con la frente en alto mirando decididamente a su izquierda y vestido con el uniforme arribeño que conjuga en el azulgrana de sus colores (que obviamente el bronce no permite mostrar), aquella dicotomía que aún hoy nos persigue.

El torso está girado levemente hacia la derecha, arrastrado por el brazo que parece sosegar el vuelo del poncho serrano que cubre su espalda. Originalmente esa mano derecha sostenía un sombrero de ala ancha, que el jurado impugnó.

Subido a un alto pedestal revestido en granito negro, el primero de la serie fue inaugurado en mayo de 2010 como parte de los actos por el Bicentenario, en el ingreso al Parque Sarmiento de la capital provincial. Copias idénticas, fundidas en los talleres Buchhass de la Capital Federal, se plantaron en la propia ciudad porteña, en Río Cuarto y en Carlos Paz (lo más cerquita que se pudo del San Roque). La que corresponde a nuestra Villa María todavía no tiene fecha de inauguración y San Francisco es otra de las ciudades que aguarda la suya.

En 2011, con motivo del homenaje por el 181º aniversario de su muerte, se descubrió la versión “cavallino rampante” que preside el Nuevo Centro Cívico Cordobés (también obra de Hepp, aunque contratada directamente), cuya mano derecha recupera el sombrero y la vista, el equilibrado frente.

Fuente: www.eldiariocba.com.ar