La pandemia como excusa para incumplir las promesas de campaña

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21, Septiembre 2020

La pandemia como excusa para incumplir las promesas de campaña

Por Jorge Falcone

“Atención: cuando surge la pregunta ¿quién decide?, surge la pregunta ¿cuál es la fuente de la legitimidad? Esta es la pregunta a partir de la cual comienzan las revoluciones. Lo queramos o no, es la pregunta que tenemos que hacernos”. 

Franco “Bifo” Berardi, “Crónicas de la Psicodeflación #2”

Cuarentena y ofensiva de la biopolítica imperial

Como sostiene el filósofo boliviano Rafael Bautista Segales, una cosa es hacer análisis de coyuntura, lo que supone armar un damero de cuanto viene ocurriendo para establecer algunas asociaciones que le den sentido, y muy otra es hacer una reflexión coyuntural, procurando comprender el mundo con ojos propios para relacionar cómo impacta la geopolítica global en el acontecer nacional. Ya que lo primero abunda, optamos por esto último.

Por otra parte, hay coincidencias en que el monocultivo del pensamiento genera intelectuales transgénicos.

Justamente por eso asumimos la responsabilidad de nadar a contracorriente,  intentando aportar un recorte de cierta densidad histórica y profundidad geopolítica.

En la inédita crisis sanitaria que atravesamos, la banca global trasnacional (Citygroup, HSBS, Barclays, Lloyd’s, ING Bahrings, Santander, etc.) viene procediendo con la misma lógica que aplicó en 2001 ante el atentado contra el World Trade Center, o en 2008 frente al derrumbe de Lehman Brothers, más allá de si indujo o aprovechó tales catástrofes.

En sintonía con la Doctrina del Shock – descripta por Naomi Klein (https://www.youtube.com/watch?v=KLu7aAPhxA) -, cuanto menos intenta capitalizar una situación pandémica para implotar los Estados Nacionales y, llevando al paroxismo la libertad de mercado, moverse a su libre albedrío.

En tal contexto, la biopolítica desempeña un papel fundamental a la hora de someter a los pueblos del mundo a la voracidad de ese poder global supraestatal. Sabido es qué rol juegan en ello las multinacionales de la salud: Por ejemplo, Monsanto produce la enfermedad y Bayer la cura. Porque quien controla la salud, controla la vida en general. La ciencia al servicio de tales intereses ya  interviene por encima de cualquier barrera ética sobre la biomasa o la biogenética. Si ir más lejos, en la plena convicción de que a este planeta le sobran dos tercios de su población, los intereses descriptos se empeñan en biologizar las diferencias sociales en pro de racionalizar la población mundial. Así, centralizando el “deber ser” de la salud global desde la OMS, la consecuente infodemia que generan los medios monopólicos de comunicación contribuye a producir una depresión inmunológica colectiva. Quien suponga que todo esto forma parte de teorías conspirativas de carácter paranoide no tiene más que interiorizarse sobre el campo de acción de la virología militar estratégica.

Así, la idea de mundo que teníamos ha sido destruida a partir de la interrupción de la vida social. Todxs conocemos gente mayor aterrorizada de ver a sus hijos o a sus nietos, e incluso a gente joven indispuesta a verse con su pareja no conviviente, llevando semejante desencuentro al colmo del sexo virtual.

Los nuevos dispositivos de dominación operan en todos los campos y con simultaneidad: En Nuestra América, donde otrora prosperaran pensamientos altruistas como el que alguna vez aportó la Teología de la Liberación, ahora campea la Teología de la Prosperidad que impulsan ciertas congregaciones evangelistas tan activas como lo han demostrado en el Brasil de Bolsonaro, consagrando a la riqueza como una bendición y a la pobreza como una maldición.

A todo esto, EEUU ha ido perdiendo su capacidad productiva, mientras China está en condiciones de producir TODO lo que el mundo precisa consumir, eludiendo los circuitos de distribución norteamericanos y europeos.

Actualmente el Gigante Asiático oxigena económicamente a Rusia, mientras esta le devuelve el favor brindándole un poderoso escudo misilístico que contribuye a seguir consolidando la Nueva Ruta de la Seda.

En conclusión, si bien el capital financiero transnacional puede prescindir del sistema – mundo conocido, ello conduce inexorablemente a su propio suicidio, tal como ocurre con el cáncer, que se extingue cuando destruye al organismo en que se hospeda.

La riesgosa convicción de que la política da para seguir currando sin hacer cambios de fondo

A casi 10 meses de ejercicio presidencial por parte de Alberto Fernández, queda claro que la celebrada maniobra de Cristina Kirchner al elegirlo como candidato  sólo fue un recurso destinado a derrotar a Macri y ganar tiempo para imaginar algún freno de nuestra caída en picada.

De modo tal que, con COVID o sin COVID, puede pensarse que la mayor parte de las promesas de campaña (primero lxs últimxs, plata en el bolsillo, medicamentos gratis para todxs, aumento a jubiladxs, minería sustentable) fueron apenas un placebo para sacar la cabeza del agua e inhalar una bocanada de aire fresco. No mucho más.

Resulta previsible que, a ojos del oficialismo más recalcitrante, opinar así coloque  a quien se atreva a hacerlo en línea con los más oscuros intereses destituyentes.

Muy probablemente ocurra porque la peste ha venido como anillo al dedo para disimular que en este gobierno loteado entre las múltiples variantes del peronismo institucional no existe voluntad alguna para generar una fuerza popular organizada capaz de neutralizar al poder económico más concentrado y prioritar el pago de la onerosa deuda interna, ya que cada banda cuenta con su propio arreglo dentro del “círculo rojo”.

En caso contrario, ¿qué rol se reservaría a la voluntad en la acción política? ¿Da lo mismo – por ejemplo – hacer causa común con el casi centenar de países deudores declarando un default soberano, que patear el pago de la deuda externa a lxs giles que gobiernen a continuación y comprometerse a garpar sin auditarla?

Es innegable que veníamos de cuatro años de ceocracia depredadora y el coronavirus impuso un escenario no previsto y sumamente difícil… pero no alcanza con eso para creer que el Frente de Todxs venía dispuesto a gestar la Liberación Nacional y una maldita pandemia lo mancó en la largada.

Ahora bien, si alguien se desmarca de esa trajinada y falsa grieta electoral entre macrismo y kirchnerismo por estar convencido de que la única grieta verdadera es la que divide a los de arriba y los de abajo, ¿pues desde dónde habla? (¡sobre todo en un contexto en el que no pocos consideran que soplan vientos de fragote contra un primer mandatario democráticamente electo!)

Dicho interrogante conduce irremediablemente a la dialéctica entre El Palacio y La Calle. O, para quien no guste de las metáforas, entre el poder constituido y el poder constituyente.

Múltiples causas han contribuido a que la gestión del Palacio hoy se vea tan deslucida. Enumeremos algunas: La paulatina dilución de los movimientos de masas que ejercieron un enorme poder alglutinante durante buena parte del Siglo XX; la demolición del Estado de Bienestar perpetrada por la dictadura (sin base material para la construcción de la Justicia Social comienza a imperar la Ley del Más Fuerte); el consecuente saldo de escarmiento/disciplinamiento que atraviesa transversalmente a nuestra sociedad, y que ha limado en gran medida la audacia colectiva; la ausencia de utopías globales capaces de aunar las numerosas luchas dispersas; y el elenco estable de la política formal que viene jugando al Juego de la Silla desde 1983, ya sin capacidad de conmover a casi nadie. Todo ese cóctel produce repercusiones múltiples, y acaso una de las peores no consista en una sublevación policial integrada por efectivos armados rodeando la residencia presidencial, sino que el sindicato de un jerarca cegetista hostigue a lxs ocupantes de la toma de Guernica, o -más grave aún- que vecinxs propietarixs de inmuebles acompañen la represión desplegada por las fuerzas de seguridad contra sus pares sin techo durante el violento desalojo de otra toma de tierras ensayada en la comuna bonaerense de San Fernando.

Como es evidente, el panorama que presenta la Calle no es mucho más alentador, toda vez que sobre dicho magma colectivo también derrama gran parte de las causas consignadas anteriormente. Sólo que en dicho universo, fragmentado y alienado en la diaria lucha por la supervivencia, se verifica cotidianamente aquello de que “donde hubo fuego cenizas quedan”. Cualquiera que hoy camine un barrio sabe que, a diferencia de lo que ocurre en los momentos de alza de masas, en que a la gente se la nuclea desde un planteo programático, hoy eso no se consigue sin garantizar primero el suministro elemental de alimentos, hecho que bien puede constituir el trampolín hacia una política autogestiva o el más espurio y desmovilizador contrato de subsidiariedad con el Estado. Pero como contraparte de tales limitaciones, también se verifica a diario que los barrios albergan la memoria latente de nuestras mejores luchas y victorias, sólo ocurre que frecuentemente sus depositarixs han venido siendo deliberada y sistemáticamente despojadxs del orgullo de haber sido protagonistas de la Historia. Pero cuando existe la capacidad de remontar lo colectivo y tales espacios se llenan de jóvenes y niños, baja la marea oscura que nos convirtió en un montón de islotes y volvemos a reconocernos como un mismo continente pleno de vivencias comunes.

En consecuencia, muy lejos de fomentar desde esta tribuna un discurso anticuarentena o que minimice la virulencia del mal que nos asedia, pero en el entendimiento de que sin vida social no hay mundo posible ni peor ni mejor, habrá que plantearse convivir con el virus echando mano a los recaudos de rigor, en la convicción de que hoy reunirse es el gesto más subversivo que puede esperarse por parte de un pueblo dispuesto a adueñarse del futuro.

Fuente: La Gomera de David