Un hermoso juego llamado fútbol

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19 Enero, 2019

LA PASIÓN Y EL AMOR POR EL DEPORTE

Un hermoso juego llamado fútbol

La experiencia de los pibes más chicos en un campito o la canchita donde dan sus primeros pasos son elementos fundamentales para entender el por qué nos desviamos tanto de la concepción más noble del deporte más apasionante de todos.

Por Pako Sosa
Fotografía Pako Sosa

Nunca está de más recordar que, más allá de lo profesional, al fútbol lo conocimos todos con un “vamos a jugar a la pelota”. La frase misma te lo dice: jugar. En días donde aturden las rivalidades, los constantes “River – Boca” de la vida, los barrabravas siguen presentes y la violencia parece no erradicarse nunca. Siempre es bueno recordar al fútbol como excusa lúdica a valores como la amistad, la unión y el amor.

La real definición de fútbol explica: “Es un juego de equipo jugado entre dos conjuntos y algunos árbitros que se ocupan de que las normas se cumplan correctamente. Es ampliamente considerado como el deporte más popular del mundo”; y creo fervientemente en esa definición, por vivir desde dentro la experiencia de tener al futbol rodeando cada centímetro de nuestro espacio. Van pasando los años y dejamos de verlo tal como lo conocimos al principio. Tal vez por eso que llaman “pasión”. Tal vez porque queremos que el fútbol nos dé más alegrías de las que quizás nos da la vida. Y es ahí donde te invito a acercarte a un campito, a ver a los pibes del barrio jugar, a tu hijo, hermano, sobrino o quien sea. Viví eso para refrescar tu memoria y volver a entender de lo que se trata.

¿Recordás tardes enteras de jugar al fútbol sin camisetas, con pocas reglas, entre amigos y tener de referencia que el partido se acababa cuando las luces de la calle se encendían (por lo menos era la regla en mi casa)? Ese fútbol era el que se dejaba disfrutar, porque entre amigos te divertís, te relajás, sos vos y -sobre todo- JUGÁS. Los chicos, los bajitos, te hacen poner los pies sobre la tierra. Me tocó presenciar un encuentro de fútbol de niños que iba desde los 5 hasta los 12 años de edad. Esa experiencia me dibujó una sonrisa que difícilmente se vaya de mi rostro. Al observarlos, me di cuenta que la felicidad estaba ahí y no en otro lugar. Los pibes habían entendido todo; no les
importaba quien ganaba, quien era el rival, quien hacía los goles o si el árbitro (que era un profe) paraba el partido a cada ratito para enseñarles algo a los chicos. Ellos JUGABAN, disfrutaban, se reían. Y al escuchar el pitazo final, salían rápido de la canchita para que otros chicos pudieran jugar. Nunca nadie se quejó, nadie peleó, ni se reprochó nada. Se divirtieron. La felicidad estaba en el aire.

Sergio Garay es un profesor de Educación Física que dedicó gran parte de su vida a las divisiones formativas de clubes y de escuelitas de fútbol. Él me comentaba que “el fútbol es un juego en conjunto, de amistad y unión”, por lo que “se debe hacer hincapié en que el chico disfrute del juego”. Y lo vi reflejado en el rostro de cada uno de esos chicos, esa sed de JUGAR y no de ganar. Siempre cabe recordar lo que forma parte de un pensamiento lógico, y es que los más grandes no tenemos que cargarles a los pequeños esa pesada mochila de “jugador frustrado”, diciéndole lo que tiene o no tiene que hacer dentro de un rectángulo de juego.

“No hay que dejar que un chico de 15 o 16 años deje de jugar al fútbol por tener la obligación de ser un profesional en esto o porque en algún momento alguien les dijo que no servían”, agrega Garay. Esa frase retumbó en mi cabeza tras ver, sábado tras sábado, cómo los padres gritan a sus hijos en la cancha porque no juegan como ellos quieren. En las
¿palabras del profe Garay ratifico lo que, en este ejercicio de memoria, de volver a la niñez, de conectar con el más integro entendimiento del deporte, me permite concluir: Dejarlos jugar a ellos, apoyándolos como corresponde y siempre pensando en su felicidad.

“No hay que dejar que un chico de 15 o 16 años deje de jugar al fútbol por tener la obligación de ser un profesional en esto o porque en algún momento alguien les dijo que no servían”, agrega Garay.

Llegué a casa exultante, convencido de estas líneas que me predisponía a escribir. Y esto me atrevo a solicitarle al amante del futbol algo que quizá se vuelva redundante, pero que deseo explicitar con claridad. Nunca perdamos esa esencia del juego. Porque más allá de las pasiones y las obligaciones, veintidós jugadores llevando una pelota de un lado para otro con el objetivo de meter un gol en el arco, sigue siendo un JUEGO; y aunque no te des cuenta, los niños son los que nos bajan a tierra y nos demuestran, con hechos, que este deporte es el más hermoso de todos porque nos une en el objetivo más noble y desinteresado de todos: la diversión.