Quién dijo que el año está perdido

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18, Diciembre 2020

Quién dijo que el año está perdido

Por Magdalena Bagliardelli

Foto portada: Gentileza UNED

Pienso que en este momento

tal vez nadie en el universo piensa en mí,

que solo yo me pienso,

y si ahora muriese,

nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,

como cuando me duermo.

Soy mi propio sostén y me lo quito.

Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Tal vez sea por esto

que pensar en un hombre

se parece a salvarlo.

Roberto Juarroz 

Teresa Adriana Quinteros se crió sola y nunca fue a la escuela. A los 62 años, en la cárcel y durante la pandemia, se siente estudiante por primera vez. Hace un año que está en el Establecimiento Penitenciario Número 6 de Río Cuarto, al sur de la Provincia de Córdoba.

Tiene cuatro hijes, una docena y media de nietos y nietas, y una bisnieta. Uno de sus varones es bioquímico, otro maestro mayor de obras. También están el “vago” y una “nena”, que va al secundario. El chico y la hija están detenidos en la cárcel de Córdoba.

Cuando la trasladaron a Río Cuarto se acercó a la escuela. Tuvo dos clases en el aula con las maestras Sandra, Clara y Alicia pero este año, debido al Coronavirus, todavía no les vio la cara. Recibe la tarea en papel y la devuelve completa para que la corrijan. Así lo organizaron las docentes para mitigar el aislamiento de sus alumnos y alumnas de la cárcel, cuando se decretó la cuarentena.

Teresa está cursando el segundo ciclo, “algo así como el quinto o sexto grado”, aclara. Lejos de su familia y en un lugar nuevo para vivir, ella sigue enfocada en aprender.

─¿Qué dicen tus nietos de que estás estudiando?

─Se me ríen. Pero a mí me gusta, todo es nuevo. Es para poder enseñarles si me preguntan algo. Ellos terminaron la escuela y algunos van a la facultad. A mí me gustaría seguir el secundario y la universidad, pero tengo miedo a no saber nada cuando llegue.

En el sector donde está alojada con 15 mujeres, hay otras que también estudian. Teresa cree que ella es la más grande. En la cárcel funciona un sistema de tutorías que en esta pandemia es fundamental porque a las clases se accede por escrito. Las detenidas con estudios más avanzados guían a las que están aprendiendo a leer y a escribir. “Había una señora que nos ayudaba pero ya salió, así que ahora la tengo a Sonia”, cuenta.

“Nos damos una mano entre todas. Nos sentamos en la mesa y trabajamos con las actividades que desde afuera nos mandan las maestras; con fotocopias y libros”.

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Foto ilustrativa: Daniel Ramonell

En los más de 200 días de la pandemia, las docentes del Centro Educativo de Nivel Primario de Adultos (Cenpa) Santiago Arias de Cabrera, anexo Barrio Pizarro, y del Centro Educativo de Nivel Medio para Adultos (Cenma) Número 73, Dr. Arturo Jauretche, anexo Unidad Penitenciaria, no lograron entrar a la cárcel. El Ministerio de Justicia de la Provincia de Córdoba limitó el ingreso a los trabajadores del Servicio Penitenciario.

En el primer mes, para que sus alumnos y alumnas no se sintieran tan aislados, a las maestras se les ocurrió mandarles mensajes por radio. Que supieran que afuera, ellas los pensaban mucho.

La idea fue contagiosa, como el coronavirus. Los docentes de la primaria y de la secundaria grabaron sus canciones o poemas favoritos, y los enviaron a emisoras “amigas”.

Tres meses antes de la llegada del invierno, en la radio Gospel, FM 102.9, Radio Universidad, FM 97.7, Radio FM Libre 105.5 y Radio Energía, 105.1, todas las mañanas se difundió un audio que los y las estudiantes sintonizaron tras los muros.

Acompañarnos. Ahí está el recontra quid de la cuestión. Acompañarnos con el fulgor de la paciencia, parece simple pero es épico. Es la única forma potable de brillar. Como bichitos de luz en un campamento. Brillar y volar sin que nadie nos reprima. Intervenir en la inmensidad de la noche. Que siempre nos dio miedo. Que la luna sea nuestra sujeta tácita. Que los fantasmas se aburran y se vayan. Que los ruidos extraños se conviertan en la más maravillosa música. Leandro Gabilondo.

Eliana Godoy, profesora de Ciudadanía y Participación y Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, leyó este poema y uno de Roberto Juarroz.

“Acompañarnos, tan necesario y urgente ante tanta incertidumbre. Espero que este mensaje les llegue y lo reciban como el mensaje que no podemos darnos pero que sin duda alguna, va a llegar. Cuídense, los y las extrañamos. Y ahí va un abrazo grande, por ahora, a través del éter”, les dijo en uno de los mensajes que mandaron por la radio.

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Ahora que disfruta de leer y escribir, Teresa se “cartea” con el Programa de Cárcel y Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Córdoba. “Les cuento de mis familiares, que han sido víctimas del golpe de estado. Eran militantes políticos y estuvieron detenidos. Me acuerdo lo feo de la época… Lo del Campo de la Perla (centro clandestino de detención y tortura). Están todos desaparecidos, unos primos y tíos, menos mi finado marido”, recuerda la mujer, sentada en una oficina desde el interior del penal.

Teresa aclara que es del clan “de los Quinteros”, “de Mandrake”, un hombre condenado a prisión por el secuestro y asesinato del panadero Héctor Corradini, un crimen que en 1988 conmovió a la ciudad de Córdoba.

Cabello oscuro, remera fucsia y riguroso barbijo, la mujer suelta frases cortas para esta nota. Dice que el “tema del coronavirus” ya no le preocupa porque toda su familia se contagió. “Se me pasó el miedo”. En cambio, le asusta la salud de cuatro familiares con HIV. “Con ellos hablo tres veces al día, para ver cómo están”.

Cuando estaba en la cárcel de Córdoba, la familia se las arreglaba para visitarla, pero ahora es difícil. Sólo queda el teléfono para acortar la distancia.

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La pandemia mostró las desigualdades en el ámbito de la educación. Durante el otoño, el Ministerio de Educación de la Nación distribuyó cuadernillos para alumnos sin acceso a internet. El material se utilizó en las cárceles de Córdoba, en las que hay 859 estudiantes en el primario y 2.071, en el secundario.

En Río Cuarto están alojadas 750 personas, entre condenados y procesados. Según las docentes, este año hay alrededor de 80 alumnos en el primario y 150 en el secundario. La mayoría, varones.

Las mismas profesoras que mandaban mensajes a través de la radio, tomaron los cuadernillos y los “intervinieron” antes de distribuirlos. Algunas actividades eran “muy infantiles”, entonces las “readaptaron” porque a las personas adultas “las desmotiva” que les hablen a niñas y niños. Además, hicieron una carátula con el nombre de cada estudiante y el de la escuela, “para alimentar el sentido de pertenencia”, y reemplazaron algunas páginas con actividades personalizadas.

Para mantener un contacto fluido, la coordinadora del Cenma, Claudia Barros, va cada 15 días a la puerta del penal para retirar lo hecho y entregar nuevas consignas de ambos niveles. El nexo con sus estudiantes son las trabajadoras del área de educación del Servicio Penitenciario. Cuando hay hojas para corregir, Claudia las ordena y las envía por mail o Whatsapp al docente correspondiente.

Antes de julio, hicieron una encuesta para conocer la marcha del trabajo y las dificultades de las distintas materias. “Todos nos decían que volviéramosque extrañan el aulael contacto, el trato. Uno nos puso me gusta cuando vienen, porque traen olor a calle y a casa”, cuenta Claudia, ante la consulta de esta periodista.

Otro mensaje decía: ¿Cómo vamos a aprender a escribir si no tenemos lápices ni hojas? Sin dudarlo, las docentes de la primaria pensaron que era lógico y compraron cajas de lápices negros y de colores, hojas sueltas y luego armaron bolsas con nombre y apellido de cada une de sus estudiantes.

“Este año trabajamos más que nunca, sin duda no se ha perdido el año”, asegura la coordinadora del Cenma.

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“La escuela en la cárcel se parece a cualquier otra. Entrás al aula y te olvidás que estás ahí, ésa es la función”, sostiene Sandra Del Greco, profesora de la primaria. Las paredes están pintadas de color beige y cubiertas con afiches hechos en clase. “Les gusta mucho ver imágenes, videos del exterior, mueren por eso. Si tienen algún texto para leer o trabajar en grupo, pongo música de fondo, o miramos video de la música, eso los ayuda a trabajar. También les gustan las actividades plásticas”, cuenta para esta nota.

Entrar a la cárcel es más difícil que salir. Primero, la puerta de metal, luego, una caseta de control donde te piden DNI, las llaves y el celular. Te revisan y hacen pasar por el detector de metales. De ahí, se abre un pasillo al aire libre pero con tejido en los costados, que te invita hacia el interior.

En un sector del penal de hombres, donde había celdas ahora hay 5 aulas. Son de uso común entre los tres años de la primaria y los tres del secundario. Además hay una biblioteca “bien dotada” y una capilla, cerrada ahora por la pandemia.

─¿Claudia, a quién llamo? ─pregunta el celador.

─Primero a, primero b… ─responde Claudia.

Los guardias pasan por cada pabellón a buscar a los estudiantes, que esperan bañados y prolijos. Abren la reja y van saliendo. Las mujeres, en cambio, tienen que atravesar un camino más largo para llegar al curso, acompañadas de una guardiacárcel.

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La escuela y la familia eran el contacto con el exterior antes de la pandemia. Por eso, cuando el lunes 7 de septiembre se conoció que había un joven, de 25, contagiado de Covid-19 en la cárcel, la noticia no tardó en generar preocupación adentro y afuera. También se difundió que había ocho trabajadores del Servicio Penitenciario con la enfermedad y que unas 70 personas, con quienes convivía el primer positivo, estaban siendo hisopadas.

Esa tarde, un grupo de mujeres fueron a manifestarse frente al establecimiento; quemaron cubiertas; querían una respuesta de las autoridades. El director de la cárcel, Silvio Bravo, renunció por esos días y asumió Andrés Aciar, el número dos en la cadena de mando.

No estaban solas en su reclamo. Una semana después, 30 docentes de la cárcel firmaron una carta donde pedían conocer “la situación real” y que se garantice “el efectivo cumplimiento del derecho a la salud y a la dignidad humana”.

El número de contagios fue creciendo, hasta que el 15 de octubre, falleció un hombre. Por esa fecha había 136 personas recuperadas y 6 en una carpa sanitaria ubicada en el patio, según informó Gustavo Echenique, el juez de Ejecución Penal. Esa tarde, un detenido, de 66, fue trasladado al Hospital Regional con dolor de estómago y con sospecha de estar infectado de Coronavirus. Luego, la Justicia Federal confirmó su muerte. Era de apellido Urbano y cumplía una condena por comercialización de drogas.

Desde la dirección del penal aseguran para este artículo que hacia fines de octubre, “no hay pacientes con COVID-19” y que en total “fueron dadas de alta 180 personas”.

Sin embargo, las familiares siguen alarmadas y de cerca la situación sanitaria, y aseguran que “aún esperan respuestas oficiales”.

Verónica Navarro es una de ellas. La mujer sabe lo que es estar en la cárcel pero ahora la mira desde afuera. Tiene a dos hermanos encerrados, uno de los cuales también estuvo en Córdoba.

Sus hermanos tienen asma crónica; solicitaron sin éxito el arresto domiciliario. “No se lo han dado a nadie”, aclara Verónica con resignación, al otro lado del teléfono.

“Tenés que aguantar porque no te queda otra. Te tenés que adaptar. Sabés que están ahí, pero no por cuánto tiempo o cuándo irán a dar de vuelta las visitas. Hablar con ellos por teléfono te hace bien”.

Antes de la pandemia, había dos días para verse: los jueves y domingos. Ahí podían pasar un rato juntos, darles alguna encomienda con comida, ropa o artículos de higiene. A causa de la COVID-19, solo pueden mandar la mercadería y los números de una tarjeta para usar el teléfono público.

“Todos tienen miedo de morirse, no saben si van a salir vivos”, añade.

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Cumplir una condena, no priva a las personas del resto de sus derechos, como lo señalaron un grupo de docentes de la universidad pública, abogados y abogadas, partidos políticos, organizaciones de derechos humanos, familiares de víctimas de gatillo fácil, el mismo día en que falleció un hombre por Covid-19 en la cárcel de Río Cuarto. A 200 km, en la ciudad de Córdoba, redactaron un pedido al secretario de Derechos Humanos de la Provincia, Calixto Angulo Márquez, para que el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos informe las cifras de las personas privadas de su libertad y del personal penitenciario; los mecanismos para reducir o controlar el hacinamiento; la cantidad de contagios y de muertes por COVID-19 y de consultas en Salud; así como los aislamientos preventivos en cada unidad penitenciaria.

Una de las firmantes, Inés León Barreto, es abogada especialista en criminología, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Córdoba, y tiene, además, trayectoria de trabajo en la cárcel. “¿Cuántas personas mueren por no tener acceso a la salud en tiempo y forma? Esta persona (que murió en Río Cuarto) era diabética, tenía 60 años, ¿no era responsabilidad del juez de ejecución de Río Cuarto otorgar una salida transitoria?”, cuestiona.

A fines de abril, en Argentina se abrió una polémica por la posibilidad de que debido a la pandemia fueran liberadas personas privadas de su libertad. En la provincia de Buenos Aires se hablaba de “soltar” a 1.000 presos cuando en realidad no fueron ni 200. En Córdoba, se otorgaron 4 arrestos domiciliarios, según Barreto. “Estamos hablando de delitos leves, personas enfermas, a quienes se les puede otorgar el derecho de la salida, no los estamos soltando”, nos señala la especialista en criminología.

Barreto cree que hace falta diseñar una política criminal y “establecer qué conflictos son los más graves, para no poner a cualquiera dentro de la cárcel”.

Para la abogada, las cárceles en Argentina son el resultado del fracaso de las políticas sociales. “Sirven para tener retenida gente a quien no puede el Estado darle trabajo ni educación. Hablamos de una criminalización secundaria, donde el Estado se ocupa con su faz más represiva de aquello que no hizo antes”.

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Antes de que aparezca el sol, Teresa Adriana Quinteros se levanta; despacio, para no golpearse con la cucheta. Tiende la cama y espera a que le “den puerta” para bañarse. Desayuna y va al taller de costura donde cose barbijos, “ropa” para el hospital, para el servicio penitenciario. “Lo hago con la máquina, el zurcido no se usa más”, dice entre risas. Además de sentarse en un pupitre de madera por primera vez, en la cárcel de Río Cuarto, Teresa también aprendió a coser.

“Lo que más extraño es la familia. Me quiero volver a mi casa. Me entraron a robar y se llevaron todo”. Teresa está esperando que le otorguen el arresto domiciliario.

Se va terminando el día. La cena se sirvió a las 19. Antes de ser detenida, Teresa tenía una rotisería y su mejor plato eran las milanesas con papas doré, cortadas en bastón.

Se prende a una novela que le prestaron, y espera que aparezca el sueño. Antes de acomodarse boca abajo, para descansar mejor porque tiene problemas intestinales, Teresa reza y pide por la salud su familia y por su libertad.

*Esta nota resultó Finalista del Premio de Crónicas Breves Leamos organizado por el Festival Basado en Hechos Reales, y será editada junto a otras seis, en una antología digital con la editorial IndieLibros

Fuente: www.lamareanoticias.com.ar