La historia del pueblo de mármol deshabitado entre las sierras de San Agustín

Publicada en Publicada en noticia del dia, noticia destacada 2, opinion, Provinciales

24, Diciembre 2020

La historia del pueblo de mármol deshabitado entre las sierras de San Agustín

Por Fabián Menichetti*

Quien escribe no conoce en qué condiciones se encontrará en la actualidad el lugar. La descripción quedaría plasmada en una nota del diario La Voz del Interior redactada precisamente por el autor de este informe. Transcurría entonces el año 2003.

La nota se titulaba “Sueño eterno de un Pueblo de Mármol”. Quien escribe había conocido que en el medio de las sierras, en cercanías de San Agustín, cabecera de Calamuchita, existía una mina de donde se extraía mármol veteado verde, con su auge de producción a mediados del siglo 20. Lo más llamativo era que en medio de los árboles y arbustos se encontraban pequeñas construcciones. Eran las viviendas que habían utilizado los mineros. Se diseminaban entre los árboles, malezas y arbustos, que crecían afuera y adentro.

Estaban deshabitadas desde hacía décadas, cuando los trabajadores, conocidos como “picapedreros”, extraían el mármol del lugar. El sitio, una propiedad privada, era inaccesible (seguramente lo es todavía) para el público en general, pero al tomar conocimiento del mismo, se realizaron las gestiones para acceder y poder reconstruir una interesante historia. Además, otro detalle impactante, era la casa central, a modo de casco de estancia, propiedad de una familia de Buenos Aires. Toda era mármol, hasta la mesa del comedor.

Debe recordarse que San Agustín se caracteriza por la producción minera, además de ofrecer en su entorno paisajes serranos de singular belleza. Aquel lugar se encuentra apenas a cinco kilómetros del pueblo, entre la vegetación autóctona de las sierras. Eran algo más de una decena de construcciones, que se asomaban entre los árboles.

El silencio, entonces, al momento de la visita, era lo que imperaba, sólo alterado por el sonido del viento que se enredaba entre la vegetación, las voces de quienes recorríamos el lugar y los mugidos de algunas vacas que recorrían senderos que en otros tiempos puede que hubieran transitado decenas de trabajadores, llegados de distintas procedencias.

Subsistían en aquel 2003 de la explotación minera de mediados del siglo 20 un gran horno, algunos rieles por donde se sacaba el mármol y la edificación principal de lo que alguna vez había sido un exitoso emprendimiento. En otro sector, estaba intacta y todavía en uso, la casa de los dueños, como está señalado, impactante por estar construida con ese material.

Decía aquel informe, redactado por quien escribe este: El “barrio” de los mineros se resiste al paso de los años, y juega con el tiempo y la imaginación de quien llega al lugar. Entre los árboles, se asoman las casas como fantasmas blancos, mientras el silencio es interrumpido apenas por el trino de los pájaros, el viento y el mugido de algunas pocas vacas que deambulan por senderos abiertos entre las malezas. Hace mucho que no se oye ya el ruido de los obreros hiriendo la montaña, trabajando la piedra, y cargándola en viejos camiones.

Era a simple vista una especie de pueblito deshabitado en donde habían vivido hacía décadas los obreros de la piedra. Todas esas casas, abandonadas, fueron enteramente construidas en mármol, aunque a primera vista no lo pareciera, porque la piedra se encontraba en estado rústico, sin pulir. No muy lejos, un pequeño arroyo se desplomaba en una quebrada con sus aguas cristalinas. El paisaje era impactante, desde todos los sitios.

Tal vez muchos no lo conozcan, pero aquel mármol veteado verde, puede hoy encontrarse en diferentes sitios de la provincia y también del país. En aquel momento, era consultado para dicho informe uno de los mineros que habían trabajado en el lugar. El mismo recordaba: “Con mármol de aquí se hicieron, por ejemplo, las escalinatas de algunos pabellones de la Ciudad Universitaria de Córdoba, o el piso del edificio de la Caja de Jubilaciones de la ciudad de Paraná”. Y apuntaba, además:  “Era el conocido mármol verde, el veteado; pero también había blanco y gris”. Agregaba que los mármoles de la escuela cordobesa Pizzurno eran del lugar, como también los de las escalinatas del centro de Salud de la Unidad Turística de Embalse, complejo hotelero estatal, entre algunos otros.

Parte de la producción, recordaba, además había viajado a Europa. Rememoraba, entonces, cuando aquel emprendimiento minero comenzaría a decaer. El investigador histórico, Juan José Bía, señalaba que coincidía aquel hecho, con el decaimiento de la minería en el país.

Un hecho con ribetes de misterio

Recordaba aquel expicapedrero del lugar y luego reconocido comerciante de la zona, que aquella explotación había sido alquilada en su momento de mayor apogeo. Estaba a cargo Natalio Viel. El mismo arrendaba el sitio, extraía la producción y se la vendía a la familia propietaria del lugar, que la comercializaba luego. La familia residía en Buenos Aires, a mediados del siglo 20, pero también al momento de elaborarse aquel informe.

En un viaje que realizaría a la capital del país, Viel desaparecería, no retornaría y no se conocería más de él. Recordaba que aquel viaje había sucedido cuando en un intento por derrocar al Gobierno de Juan Domingo Perón, los aviones de la Marina habían bombardeado la Plaza de Mayo, dejando centenares de víctimas inocentes, en uno de los hechos más atroces que se tenga memoria en la historia contemporánea nacional.

Se especulaba precisamente que Viel habría sido una de esas víctimas. La casa de la familia propietaria se encontraba cerca de la Plaza de Mayo, en donde aquel ataque dejó a cientos de muertos civiles. “Iba a tomar el ómnibus, pero nunca apareció. Justo allí fue aquel bombardeo, donde murió gente que llevaron sin identificarla”, recordaba el exminero.

La casona de mármol

Además de aquellas pequeñas construcciones de mármol sin pulir, del entorno, en donde vivían los mineros, lo que impactaba e impacta del lugar, en aquella recorrida, como ya se indicó, era la casa principal, ubicada en la parte alta del sitio. Para la construcción de aquel inmueble, una especie de casco de estancia, precisamente se había utilizado el mármol.

Las paredes fueron levantadas con esa piedra. Ingresar a la casona era sobrecogedor: sus pisos, los revestimientos en los baños, las escalinatas, y hasta las mesas, además de las figuras que adornaban el parque, eran de mármol. Hasta una pileta de natación y su vestuario, también se hicieron completamente con dicho material, pulido en el interior.

El altar de la Iglesia de Río Tercero

Entre aquellos mineros de esa explotación que brindó mármol no sólo al país, sino, además, al exterior, había muchos de los inmigrantes recién llegados de Italia. Aquel extrabajador, recordaba que uno de ellos era un “artista”, y que inclusive había sido el que le había otorgado su forma al altar de la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes en Río Tercero.

No recordaba su nombre, pero sí que que se trataba de un sobrino de quien había alquilado para su explotación el lugar y había desaparecido. Fue en una Misa de Gallo, para una Navidad de 1956, cuando se generó un hecho para dicho templo y los fieles del mismo, histórico para la sociedad riotercerense de la época: el inmenso altar ingresaba a la iglesia.

A los pocos días de publicada aquella nota, alguien de la comunidad parroquial, se comunicaba con quien escribe. “Veníte para la iglesia, que hay una sorpresa. Tenés que conocer a alguien”, le señalaba por teléfono. Simplemente se le indicaba eso: que había una persona a quien debía conocer. Ante la insistencia para conocer de quién se trataba, la respuesta era: “Vos vení”. Al ingresar a una de las dependencias laterales, se le dijo que allí estaba el hombre que había realizado el altar. Antonio Viel, entonces de 76 años, sobrino de quien había estado a cargo de la explotación minera, había viajado a Río Tercero.

Al leer aquella primera nota en el diario cordobés (luego llegaría otra), la familia del exminero se había contactado con la principal iglesia riotercerense. Inmediatamente se dispuso que debía reencontrarse con su realización y ser reconocido por ello.

Aquello, el encuentro y la entrevista, sucedería antes de un sábado, en donde el artista se reencontraría con su  creación. Emocionado, con los ojos humedecidos, señalaba en diálogo con quien escribe:  “Está muy cambiada y lo que más me impactó es el inmenso mural de La Ultima Cena”. Esa pintura es la que se observa hoy tras el altar. Viel, desde aquella noche de 1956, nunca más había retornado a la ciudad ni tampoco a dicha iglesia. Relataba que no era el único trabajo que le habían requerido en templos de la provincia. Había otros.

Altar Iglesia de Lourdes

El mármol del altar circular que está bajo la cúpula se extrajo –explicaba Viel– precisamente de aquella cantera de San Agustín, el de las casitas de ese material. El altar pesa unos siete mil kilos y es de puro mármol. También con esa piedra se talló la parte inferior del sector en donde se encuentra la Virgen de Lourdes, en un lateral del edificio. Y con piedras comunes, recolectadas en el arroyo de San Agustín, el mismo escultor construyó la amplia gruta ubicada a un costado de la parte del templo.

Fue en la década del cincuenta cuando se lo contrató para realizar los trabajos en la iglesia riotercerense. “Se hizo todo a mano, uno hasta debía hacerse las herramientas y de esa manera esculpía la piedra, hasta darle la forma proyectada”, explicaba en aquella entrevista. Recordaba que había trabajado también terminado el día, alumbrado por un modesto “sol de noche”, para cumplir con el plazo establecido para finalizar su obra.

Y fue, como está indicado, en la Nochebuena de 1956 cuando se instaló el altar. “Había mucha gente esperando cuando entramos”, recordaba Viel, quien rememoraba su afecto por el cura Ernesto Compañy, el sacerdote que encaró la obra del gran templo religioso del centro de la ciudad y que lo contrató para el trabajo. También recordaba que se había proyectado hacer en mármol el ingreso a la iglesia, idea que finalmente no se concretó.

Figuras y sonidos del pasado y el presente

El esplendor de aquella explotación minera ya es parte de la historia, una historia no por muchas y muchos conocida. Si bien, se indica, algo de ese mineral aún se puede extraer, su apogeo es de otra época, cuando decenas de mineros, tal vez con un castellano enrevesado, por provenir de diferentes latitudes, se dirigían a esas casitas blancas para descansar.

San Agustín, como está señalado, además de sus bellezas naturales, se caracteriza por su perfil minero, pero además por otros aspectos de su pasado que hacen a la historia no sólo de la localidad, sino de la provincia y el país. Dicho sitio, como se indicó, es privado, sin acceso al público, pero forma parte también de esa historia y ese aspecto productivo.

Tal vez cuando muchos pisen alguna escalinata, como las del centro de salud de la Unidad Turística de Embalse, puedan imaginar que es del mármol extraído de ese lugar de Calamuchita; al igual que algunas de la Ciudad Universitaria de Córdoba. Cuando algunos de los fieles ingresen a la Iglesia de Lourdes en Río Tercero, seguramente, si leyeron esta nota, o las que se publicaron allá, hace 17 años, sabrán que el altar tuvo su origen allí.

Ese “pueblito”, con pequeñas casitas de mármol sin pulir, hasta el momento de aquel informe, se resistía en medio de los árboles y arbustos autóctonos serranos a quedar sepultado en el olvido. Los pájaros seguían trinando, como lo harán ahora; el murmullo del arroyo desplomándose en una cascada cercana, se escuchaba a lo lejos, y el sonido del viento, continuaba jugando con las hojas y las ramas del profuso monte cercano.

Los sonidos de las rocas siendo modeladas, extraídas, cayendo en camiones y las voces difusas de los “picapedreros”, de hace más de medio siglo, son parte de la imaginación.

*Locutor. Periodista. Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock. Autor de los libros: “Noviembre” (1997) y “Esquirlas de Noviembre” (2011)

Fuente: www.3rionoticias.com