El tiempo no para

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Por Pablo Callejón*

“Hasta donde sé… es efectivo, de forma inmediata… sin demora” El error de Guenter Schabowski en la conferencia de prensa del 9 de noviembre de 1989 anticipó el fin del muro que fragmentaba a Berlín. Después de 45 minutos de un relato aburrido y protocolar, el miembro del Politburó de Alemania del Este afirmó ante la prensa que el paso hacia el extranjero sería posible “sin condiciones especiales”. Cuando los reporteros le pidieron que aclarara el ingreso en vigor la nueva ley, Schabowski titubeó, se tocó la cabeza, intentó revisar sus papeles y respondió “es efectivo, de forma inmediata”.
El pueblo alemán había iniciado masivas movilizaciones para cruzar hacia la RDA y ya existían emigraciones masivas, pero el desliz de Shabowski aceleró todo y provocó la implosión del tiempo. Miles de ciudadanos comenzaron a cruzar el muro ante la mirada boquiabierta de soldados que veían pasar el fin de la historia que conocían y defendieron con rigor de hierro.

Los que deciden sobre el tiempo, pueden resolver sobre nuestras propias vidas. Lula estuvo detenido 580 días en la cárcel de la Superintendencia Federal de Curitiba hasta que logró recibir en libertad el beso de su novia Rosángela. El juez que lo condenó es ahora ministro de Justicia en un gobierno liderado por el principal opositor político al líder del PT. Antes de abandonar su despacho judicial para incorporarse formalmente al armado de Jair Bolsonaro, el ministro Sergio Moro habilitó las filtraciones de escuchas judiciales para influir en plena contienda electoral, sintiéndose siempre juez y parte.
Tras dejar la prisión, Lula insistió en citar el número de días que estuvo detenido como un tributo a los militantes que se concentraron en cada jornada para gritar por su libertad frente al predio carcelario. A los 74 años, el paso del tiempo podría ser en sí mismo una pésima noticia. Pero en la figura de Lula, asume la convicción de la resistencia. En el mandato existencialista del hombre condenado a ser libre, el ex presidente advirtió que no buscará eludir la responsabilidad del nuevo escenario político, en el país que cedió el poder a un personaje misógino, violento, neoliberal y neo fascista.

Evo Morales gobierna Bolivia desde el 22 de enero de 2006. 20 días después de haber alcanzado en primera vuelta una nueva reelección en su mandato presidencial, pobladores de La Paz, Chuquisaca, Cochabamba y otras ciudades del país se disputan el poder de la calle, entre represión y motines policiales. Evo es el primer mandatario de origen indígena y en más de 13 años al mando del Palacio del Quemado y la Casa Grande, promovió reformas revolucionarias que mejoraron la calidad de vida de millones de bolivianos. El PBI subió un 4,9 por ciento en cada periodo y se redujeron la pobreza y la indigencia en más del 25 por ciento. El analfabetismo cayó al mínimo histórico del 2,4 por ciento y el país recuperó la potestad sobre los recursos naturales que fundamentaron un desarrollo inédito de Bolivia en la región. La última elección marcó un tiempo diferente para Evo. El triunfo en primera vuelta fue exiguo y generó el reclamo de la oposición que pide, junto a la Organización de Estados Américanos, un balotaje.
A los 60 años, el ex sindicalista cocalero Juan Evo Morales Ayma se ratifica en las reflexiones de su memoria: “El único país que puede estar seguro que nunca va a tener golpes de estado es Estados Unidos, porque no tiene embajada estadounidense”.

El economista norteamericano Milton Friedman ganó el premio Nobel en 1976, tres años después de la violenta irrupción dictatorial de Augusto Pinochet en Chile. El docente y fundador de la Escuela de Chicago consideró al modelo neoliberal chileno como “un milagro”.
El tiempo del libre mercado sobrevivió 46 años al otro lado de la Cordillera. Los mártires de la rebelión que nació del bajo, volvieron a pisar la plaza liberada, esquivando el paso de blindados y el silbido de las balas del ejército de Miguel Juan Sebastián Piñera Echenique.
Piñera pertenece al 1% de la población que acumula el 25% de la riqueza generada en el país. El presidente es un multimillonario de sonrisa cinéfila casado con Cecilia Morel, la dama que alertó sobre la “invasión alienígena” en la plaza Italia de Santiago y admitió que quizás es tiempo “de disminuir los privilegios y compartir de los demás”.
Con más de 20 muertos en sus filas, los náufragos del oasis chileno se multiplican en millones y creen que esta vez, por fin, será su tiempo.

Gabriel García Márquez advirtió que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. En la Argentina, los medios y poderes concentrados fueron más allá de los dictados de la memoria. Evitaron el debate de los recuerdos, incluso del pasado reciente, para dar lugar a la posverdad. El relato desbordó el cerco ideológico y de poder: necesitó también de la mentira. Sería hermoso que nada fuera urgente, como en la canción de Serrat, pero en el país que tropezó, una vez más, con las mismas políticas neoliberales el tiempo es escaso. Y aún en el apremio de la tensa espera, el preconcepto puede también con los hechos. Una niña de apenas un año deambula por la calle en madrugada y en un acto de ajusticiamiento moral, la sociedad que dormita en su cama caliente lanza severas advertencias contra la mujer que olvidó poner el candado a la precaria habitación donde resiste con sus dos hijas. Nunca contra el hombre ausente, ni el reclamo por tapar los baches viales antes que los sociales, ni la desigualdad, ni las políticas que llevaron a una mujer a resistir vulnerable en su soledad. No hay empatía en las redes sociales y la solidaridad solo da lugar a lo que sobra. La sociedad del dedo inquisidor pareció tener demasiado tiempo. Y esta vez, como siempre, el tiempo no para.

*Periodista