La farsa de que lo peor ya pasó

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19, Febrero 2021

La farsa de que lo peor ya pasó

Por Jorge Falcone

No hay discusión alguna acerca de que la mayor parte de la humanidad no estaba preparada para sostener conciente y pacientemente las medidas que impone a la vida cotidiana convivir con una pandemia global.

A la fecha, daría la impresión de que, cualquiera sea la “normalidad” que nos espera, en el futuro inmediato – y, si no definitivamente, por bastante tiempo – circularemos con barbijo.

También está claro, al menos para el pensamiento crítico, que el capital financiero trasnacional que hoy rige el destino planetario constituye un poder supraestatal, lo que indica que, hace bastante tiempo ya, eso que conocemos como democracia es una cáscara hueca que cada 2 o 4 años nos invita a optar, pero no a elegir.

En ese marco, y a la luz del perceptible hartazgo social al que conduce la política de confinamiento estricto de la población – sin detenernos aún a considerar los estragos que viene produciendo en el terreno de la economía -, en nuestra latitud como en otras de la región, la cercanía de marzo obliga a reparar en que, en el terreno educativo, ya por falta de disponibilidad familiar o por problemas de conectividad, 2020 ha sido un año perdido.

Así, superado el debate que despertó la defunción del ex presidente apátrida que rifó durante una década casi todo el patrimonio nacional, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires vio alterada su rutina de circulación cotidiana para  recibir – atendiendo a los protocolos de rigor, y ensayando la novedad de las “burbujas” – alrededor de 370.000 estudiantes en cerca de 2000 establecimientos educativos.

El inicio de clases presenciales involucró a cuatro grupos de educandos: los niños de los jardines maternales, el nivel inicial, primer ciclo de primaria (primero, segundo y tercer grado) y primer ciclo de secundaria (primero y segundo año) Para el 22 de febrero se sumará el resto de los alumnos de la primaria y una semana después, el 1° de marzo, será el turno de todo el nivel secundario.

Por ahora, consecuentemente con la filosofía de un gobierno nacional reticente a la planificación estratégica, en la Provincia de Buenos Aires campea bastante indefinición al respecto. Lo único que se ha informado es que el 1° de marzo solo  el 30% de las escuelas podrá recuperar la presencialidad total. En el resto habrá un modelo de alternancia.

Nada más distante del espíritu de esta nota que ameritar la iniciativa porteña en contraposición a la aparente vaguedad bonaerense, toda vez que la primera, promediando febrero, hizo estallar en nuestra capital el hormiguero de lxs compatriotas obligadxs a ponerle el cuerpo a viejas y nuevas responsabilidades  laborales, con la visible consecuencia inmediata de llevarse puesto cualquier distanciamiento social o premio por puntualidad (mientras se mantenga la restricción de viajar de pie en el transporte público), y algo semejante ocurrió en el ingreso a varios colegios. En todo caso, ambas decisiones rezuman más tufillo electoral que planificación responsable.

A resguardo de la “sensación térmica” favorable que produce el arribo de nuevas dosis de una vacuna cuya aplicación va “a paso de tortuga” y aún no es masiva, el gobierno nacional se apresta a afrontar 2021 munido de la prórroga del pago de la deuda, del alza del precio de las commodities, y de los pingües dividendos que reportará hacer negocios con China (potencia emergente que ya desplazó a Estados Unidos como principal socio comercial de la Unión Europea), utilizando ese pack de recursos a la manera de un crucifijo capaz de conjurar la sed de Justicia del vampiro popular.

Pero, a distancia prudencial de las preocupaciones cotidianas del ciudadano o la ciudadana de a pie, en la meca de las finanzas globales, Argentina se apresta a levantar el muerto que dejó Macri, sin descartar un nuevo pedido de socorro al FMI ni investigar una deuda que, al decir del patriota Alejandro Olmos, ha sido la mayor estafa cometida a lo largo de la historia contra el Pueblo de la Nación Argentina.

Recordemos que el programa económico del Fondo, que acompañó al blindaje y puso fin a la convertibilidad colapsando en 2001-2002 – episodios que desembocaron en el default soberano más grande de la historia, hasta que varios años después estalló el de Grecia -, fue de entre US$ 10.000 millones y US$ 15.000 millones. El de ahora es de US$ 55.000 millones, de los cuales ya se otorgaron US$ 45.000 millones. Vale decir que nos rige un programa que es entre tres y cuatro veces mayor a lo que fue el peor programa de la historia de dicha entidad financiera.

Para más dato, a su vez la pandemia encuentra al FMI ante la mayor expansión de asistencia de emergencia de su historia, que se extiende a más de una veintena de países, a los que les prestó el 100% de su cuota para combatir los efectos de la peste. Se trata de países que  nunca habían pedido auxilio. Y toda esa asistencia sumada es la mitad de lo que adeudamos. A eso hay que agregarle el problema de las iniciativas para reducción de deudas, que corresponden a los países que piden que no le cobren intereses.

De modo que hay un montón de circunstancias nuevas que contribuyen a que no haya reglas establecidas y que estemos en un desafío inédito en la arquitectura financiera internacional, constituida por un conjunto de medidas que se diseñaron a partir del acuerdo de Bretton Woods. A todas luces, eso no favoreció a los países emergentes, particularmente a la Argentina. Tales reglas se fueron consolidando con la llegada de nuevos actores y queda claro que no hay un “afuera”. Es decir, no hay alternativa a la arquitectura financiera internacional.

La exhortación supuestamente humanitaria del nuevo presidente norteamericano instando a la comunidad internacional a invertir sin cortapisas para paliar la emergencia debe traducirse como un llamado a que gasten los países ricos y ahorren los países pobres.

Si echamos un vistazo en derredor, advertiremos con preocupación que, ante el panorama descripto, las fuerzas constitutivas del llamado campo popular – es decir, los sindicatos de mayor peso, las organizaciones sociales integradas al Estado, los sectores progresistas, y penosamente buena parte de las organizaciones sociales supuestamente antisistémicas -, ya por apetencias inconfesables, compromisos político-económicos, o mera falta de visión de largo aliento, no atinan a contrarrestar las artimañas que nos sujetan a la noria, cada vez más desalentadora, que prorroga el modelo demoliberal.

Si es de dominio público que el Banco Mundial destina multimillonarias sumas de dinero a sofocar rebeliones en el mundo periférico, ¿no será que con el reclamo de más planes, cobros puntuales, y mejores alimentos estamos empeñadxs en  conquistar lo que están dispuestos a entregarnos?

Es más, ¿¿bastará con que de un tiempo a esta parte haya irrumpido con fuerza un novedoso sujeto social como lo es el/la trabajador/a informal para que resignemos la bandera del trabajo genuino y el salario digno??

Y más aún, si existe conciencia cabal acerca de la diferencia entre gobierno y poder real, ¿¿¿no habrá llegado la hora de revisar ese tour semanal que pasea a lxs condenadxs de la tierra de ministerio en ministerio sin mover el amperímetro del stablishment y apuntar más alto, al centro de gravedad de quienes medran con la desesperación de las mayorías, llámense delegación local del FMI, UIA, o Sociedad Rural???

Como reza el estribillo que consagró al trovador estadounidense Bob Dylan, “the answer, my friend, is blowing in the wind” (la respuesta, mi amigo, está flotando en el viento).

Fuente: La Gomera de David