Los cosos de al lado

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27, Noviembre 2020

Los cosos de al lado

Por Juan Carlos Giuliani

Desde aquí y hasta nuevo aviso hablaremos del barrio: Pequeño territorio donde se consumen -sin pena ni gloria- el dolor y la alegría sin nombre a la penumbra de mesas sin mantel y televisores en blanco y negro. Un espacio abierto a la imaginación y edificado a imagen y semejanza de ellos.

Porque también hablaremos de los vecinos: Esos tipos comunes y silvestres que no siempre hacen lo que quieren y que, sin embargo, a menudo escriben la crónica desconocida de la ciudad.

A la vuelta de su doble centenario, la Villa de la Concepción ha parido cerca de medio centenar de barrios de todo tipo, tamaño y color ligados por el común denominador de la periferia: Suelen estar viviendo en el más crudo invierno mientras el Río Cuarto oficial, opulento, mercantil, centro de fiestas, desfiles y estadísticas, disfruta las tibiezas de la primavera.

Constituyen dos universos distintos que apenas se juntan, de vez en cuando, en algún partido de fútbol, una fiesta patronal o en las manifestaciones políticas. Después, como dice el gran catalán, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a la misa y cada uno es cada cual en el dichoso reparto de roles que le toca protagonizar no bien profiere su primer llanto sobre esta tierra.

Esta geografía urbana contiene a miles de hombres y mujeres anónimos que día a día van moldeando una fisonomía singular, irrepetible; inventando -de paso-, el formidable, contradictorio y apasionante rompecabezas ciudadano.

Las relaciones sociales en la periferia se conjugan a través de una liturgia compuesta de gestos triviales, cotidianos.

Ocurre que en cualquier barrio es posible -todavía- encontrar en las noches de verano a la gente sentada en la vereda hablando de bueyes perdidos y a los chicos corriendo detrás de una pelota en un baldío cualquiera. Y hay que ver a las mujeres, escoba en mano, comunicándose de vereda a vereda los últimos y pequeños acontecimientos de la cuadra y el sopor que invade al vecindario a la hora de la siesta religiosamente respetada por los mayores y motivo de más de una paliza para los chicos que no se resignan a tanto silencio.

Ni hablar cuando llegan vecinos nuevos al barrio. Serán sometidos a toda clase de pruebas hasta ser aceptados como uno más en el lugar. No faltarán los pedidos: “Que dice mi mamá si no tiene un poco de azúcar que le preste”. Ni las recomendaciones: “Le conviene comprar en el almacén de la Rosa, ese que está a la vuelta, porque da libreta y tiene las cosas en precio”. Ni las advertencias: “Señora, cuídese de la Coca, la flaca teñida del frente, porque tiene una lengua …”.

La ley de la selva que impera en las relaciones normales de la vida moderna se ve mediatizada -de algún modo- en la periferia. Como para reafirmar que una flor es capaz de nacer en el barrio y que la poesía está en todas partes y todavía quedan rincones para alumbrar un retazo de ternura y soñar que es bueno, de tanto en tanto, caer en estados de nostalgia profunda.

Aquí, la palabra solidaridad suele ser más practicada que pronunciada y además, como hay tan poco que ocultar, las miserias cotidianas se abren como puertas, de par en par, sin escamoteos ni sutilezas, a la vista de todo el mundo. Al fin y al cabo, solo no ve el que no quiere mirar.

Contemplar la ciudad desde la periferia al centro resulta algo así como darse un baño de autenticidad y aproximarse a realidades  los que no tienen nada que perder y gastan -en cómodas cuotas- una vida fácilmente olvidada.

Los cosos de al lado, esos personajes ignorados que viven, aman, odian, fracasan, y alguna vez, antes de la muerte sin epitafio, llegan a desvirgar la felicidad con un jadeo que se le hace estrellas los ojos, transitan desapercibidos por las estrechas fronteras de un barrio, el barrio, los barrios.

Acosados por la incertidumbre se dan tiempo para proclamar a viva voz que son ciudadanos de esta tierra y que alguna vez volverán hechos cascada urgente.

Son hombres y mujeres que también quieren aprovechar el sol.

Ilustración: Ham

Nota: Este artículo fue publicado en la Sección “Las cartas sobre la mesa”, en la edición correspondiente al mes de abril de 1987 de la Revista Río Revuelto, que dirigían los inefables y talentosos Jericles y Ham.