Peak oil: Fin de la globalización

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20, Noviembre 2020

Peak oil: Fin de la globalización

Por Juan Arellanes

Las sociedades tradicionales dependen de ingresos solares instantáneos que se reponen constantemente, mientras que la civilización moderna está retirando el capital solar acumulado a tasas que lo agotarán en una pequeña fracción del tiempo que se necesitó para crearlo.

V. Smil, Energy: A Beginner’s Guide

Aclaremos primero una cuestión básica. ¿De qué globalización hablamos?

La ocupación de todos los continentes por cazadores-recolectores fue la primera globalización: devastadora para ecosistemas, megafauna y otras especies homo. Las civilizaciones euroasiáticas estaban, a efectos prácticos, globalizadas desde hace unos dos milenios. En 1492 inició la invasión europea a América y, con ella, la globalización moderna-capitalista. Todas estas globalizaciones funcionaron con “ingresos solares instantáneos”. Los barcos de vela hicieron posible la primera globalización moderna entre 1500 y 1800. La vela convierte la energía cinética del viento en el movimiento hacia adelante de una embarcación. Dado que el viento fluye por las diferencias de presión atmosférica provocadas por las diferencias de temperatura, debe considerarse parte del ingreso solar instantáneo.

En los últimos 200 años se produjeron dos nuevas rondas de globalización, basadas en capital solar acumulado en forma de carbón y petróleo, que superaron en profundidad y extensión a todas las anteriores. Será a éstas a las que me referiré al hablar del fin de la globalización.

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Alrededor de 1,200 a C, en un período de apenas cinco décadas, unas 300 ciudades entre Grecia y el río Indo fueron arrasadas por invasores nómadas a caballo. Durante los siguientes tres milenios, la cría de caballos se convirtió en la preocupación militar central de los imperios euroasiáticos. Incluso durante las guerras napoleónicas, el caballo de guerra siguió siendo la tecnología militar más importante al cumplir las funciones actuales del tanque, el camión, el avión y la artillería motorizada: arma de choque, persecución, reconocimiento, transporte y potencia de fuego móvil (Turchin, 2016).

¿Qué puso fin a 3 milenios de hegemonía militar del caballo? El motor de vapor, el motor de combustión interna y los motores a reacción.

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A partir de 1830 comenzó el uso masivo de barcos propulsados por ruedas de paletas. Estas fueron desplazadas por hélices de tornillo que se instalaron en buques mercantes a partir de 1840. Siguió la revolución de los cascos de acero que abrió paso a la construcción de gigantes transatlánticos a finales del siglo XIX. Se construyeron flotas de barcos de carga y pasajeros que conectaban los cinco continentes transportando millones de toneladas de materias primas y productos terminados y a millones de personas, haciendo posible la migración masiva desde Europa hacia las Américas y Oceanía (Smil, 2010).

Buques a vapor armados con cañones y blindados con acero comenzaron a patrullar los ríos de la India y las costas de África y China, marcando la diferencia en las guerras coloniales. El “equilibrio de poder” se alteró drásticamente a favor de Europa y en contra del resto del mundo. Mover estas máquinas implicaba un enorme consumo de combustibles fósiles. Gran Bretaña generó el 80% de las emisiones humanas a escala global de gases de efecto invernadero en 1825 y el 62% en 1850 (Angus, 2016).

Los combustibles fósiles se convirtieron en el fundamento del capitalismo al volverse tanto un insumo material esencial como el combustible que mueve las máquinas que extraen, transportan y transforman dichos materiales. En los últimos dos siglos, el crecimiento de la economía capitalista global ha promediado 3% anual, lo que ha permitido duplicar su tamaño cada 23 años. La fase de crecimiento exponencial es la fase del capitalismo fósil. No hay capitalismo industrial sin combustibles fósiles y no hay combustión planetaria de combustibles fósiles sin capitalismo industrial (Malm, 2016).

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Durante la última década del s. XIX y la primera del s. XX, Rudolf Diesel creó y mejoró los motores de combustión interna. En la década de 1910, Fritz Haber y Carl Bosch descubrieron la forma de sintetizar nitrógeno de la atmósfera y en la década de 1930, Frank Whittle y Hans von Ohain inventaron las turbinas de gas. Los barcos de vapor de clase Liberty, alimentados por carbón, se mantuvieron como la fuerza motriz de un capitalismo que se desglobalizaba en medio de la más destructiva competencia geopolítica y militar que haya conocido la humanidad durante el largo interregno entre la hegemonía británica y la estadounidense (1914-1945), un período que Hobsbawn llama “la era de las catástrofes” y que incluyó a la Primera Guerra Mundial, el crash de 1929, la gran depresión, el ascenso del fascismo y la Segunda Guerra Mundial.

Después de 1950, los motores diésel (que mueven buques de carga oceánicos y camiones de carga) y los motores a reacción (que impulsan las decenas de miles de aviones que surcan los cielos cada día) se convirtieron en la fuerza física fundamental de la globalización actual que alcanzó su apogeo a partir de una innovación logística relativamente reciente: el contenedor multimodal (Levinson, 2006). Si a ello se suman los fertilizantes nitrogenados sintéticos, no es exagerado decir que tres innovaciones (motores diésel, turbinas de gas y proceso Haber-Bosch) dieron forma al siglo XX y continúan siendo los pilares tecnológicos de la civilización capitalista. Las tres tecnologías son mortalmente dependientes de los combustibles fósiles. Por lo tanto, la globalización tiene límites energéticos obvios.

Los combustibles fósiles también subyacen al orden geopolítico global. El petróleo ha sido el pilar energético-material de la hegemonía estadounidense. Painter (2012) lo sintetiza de forma magistral: “El control del petróleo ayudó a los Estados Unidos a contener a la Unión Soviética, a poner fin a la destructiva competencia económica y militar entre los estados capitalistas centrales, a mitigar el conflicto de clases dentro del núcleo capitalista mediante la promoción del crecimiento económico, y a conservar el acceso a las materias primas, los mercados y la mano de obra de las naciones periféricas en una era de descolonización y liberación nacional”. Estados Unidos no podría mantener un vasto archipiélago de 1,000 bases militares fuera de su territorio, ni movilizar su poder de fuego aéreo, marítimo y terrestre, sin petróleo. La fuerza militar que le permite mantener el control del flujo global de esta materia prima esencial también depende del petróleo para su operación. Incluso si pensamos en el dominio financiero del dólar, regresamos al petróleo como fundamento de la hegemonía: después del fin de la paridad oro-dólar tras el abandono de los acuerdos de Bretton Woods, la moneda estadounidense encontró respaldo en el oro negro (Spiro, 1999).

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Si, como señala Luca Ferrari, hemos pasado el Peak Oil, las consecuencias para la globalización, tal como la conocemos, serán profundas y perturbadoras. No soy el primero en señalarlo. Desde hace varios pensadores, como Jeff Rubin en Oil and the End of Globalization, de 2009; Tim Morgan en Perfect Storm: Energy, Finance and the End of Growth, de 2013, y muchos otros, ya habían alertado sobre la desglobalización por falta de petróleo. La diferencia ahora es que el Peak Oil está ocurriendo ante nuestros ojos.

El Peak Oil iniciará la reversión de tendencias del último siglo. Mucho de lo que se da por sentado en la civilización moderna-capitalista se mostrará como una explosión efímera en una perspectiva de larga duración. A falta de petróleo, ¿volveremos a los buques de vapor movidos por carbón? Suponiendo que hubiera carbón suficiente para ello, sería una forma de garantizar nuestra extinción. Si piensa que la alternativa serán las energías renovables, debe leer el artículo de Edgar Ocampo.

El capitalismo en su forma globalizada no hubiera sido posible sin la potencia energética del carbón y del petróleo crudo convencional. Si hablamos del fin de la era de los combustibles fósiles estamos hablando del fin de la globalización, lo cual, sin duda, tendrá consecuencias revolucionarias a escala civilizatoria. Con cada vez menos “capital solar” acumulado durante millones de años, la humanidad emprenderá el camino de regreso a vivir del ingreso solar instantáneo.

La globalización de las finanzas, el transporte y las comunicaciones ha exponenciado las características destructivas del capitalismo: el impulso al crecimiento incesante, la aceleración de su velocidad de rotación y su tendencia a romper los procesos y ciclos esenciales de la naturaleza. ¿No deberíamos, entonces, ver el fin de la era de los combustibles fósiles como una oportunidad para construir una civilización menos desigual, más democrática y, en definitiva, sostenible?

*Profesor de Geopolítica y Seguridad Internacional. Centro Anáhuac de Investigación en Relaciones Internacionales, Universidad Anáhuac México.

Referencias:

Angus, I. (2016). Facing the Anthropocene: Fossil Capitalism and the Crisis of the Earth System. Monthly Review Press.

Levinson, M. (2006). The Box: How the Shipping Container Made the World Smaller and the World Economy Bigger. Princeton University Press.

Malm, A. (2016). Fossil Capital: The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming. Verso.

Painter, David. (2012). Oil and the American Century. Journal of American History, 99(1), pp. 24-39.

Smil, V. (2010). Prime Movers of Globalization. The History and Impact of Diesel Engines and Gas Turbines. The MIT Press.

Smil, V. (2012). Energy: A Beginner’s Guide. Oneworld Publications.

Spiro, D. (1999). The Hidden Hand of American Hegemony: Petrodollar Recycling and International Markets. Cornell University Press.

Turchin, P. (2016). Ultrasociety: How 10,000 Years of War Made Humans the Greatest Cooperators on Earth. Beresta Books.

Fuente: www.alainet.org