Soledad Barruti: La boca que no se cierra

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05, Febrero 2020

Soledad Barruti: La boca que no se cierra

Por Silvana Melo

No hay que comprar en el supermercado productos que tengan aquellos ingredientes  que uno no podría tener en casa, dice Sole Barruti y sigue por la vida, como si nada. Tiamina, rivoflavina, niacina, encuentro entre los ingredientes de unas galletitas dulces que dicen que tienen avena. No tengo esas cosas en la cocina. El helado para preparar que inocentemente creo más sano que las franquicias, tiene caseinato de sodio, carboximetilcelulosa para espesarlo, goma xántica para estabilizarlo, aspartamo para endulzarlo, carmín y tartrazina para darle el color de la frutilla, aromatizantes y saborizantes hechos en las fábricas de olores y gustos químicos que Sole descubrió para poder decirnos a todos que ese helado  de frutilla no vio una frutilla ni de lejos, que el aroma de las galletitas de chocolate no conoce el chocolate ni a palos. Y dijo desde la tapa, no más, que el supermercado es una emboscada.

Nada de eso es gratis. La comida ultraprocesada es el negocio de la industria de la alimentación y del agronegocio. Corporaciones poderosísimas por donde transcurre el poder real, profesionales formados para la industria y formateados para ser voceros y figuras de las supermarcas. Campañas publicitarias  de enorme penetración y la alimentación como rehén de una compra – venta inadmisible donde la salud colapsa y la infancia es una víctima sin posibilidad de fuga.

En el medio, mientras la niñez wichí se muere en el norte por hambre y sed porque el agronegocio le taló los bosques que eran su paraíso, su almacén, su farmacia, su mariposa y su porvenir, mientras la soja arrasa el monte nativo para que frontera agraria empuje  para hacer forraje y para intrusar todos los alimentos –hay lecitina hasta en la sopa-, mientras los chicos de los sectores populares se vuelven obesos por devorar hidratos de carbono, sodio, grasas, azúcares y bebidas dulces, lo más barato y lo que les propinará colesterol y diabetes entre otros castigos por la periferia vital que les tocó, mientras sucede todo eso, alguien anda diciendo que hay que volver a amasar. Que el supermercado enferma. Y que la salud camina solita por otro lado.

Sin embargo, se arman mediáticas misiones contra el hambre de la que participan Syngenta y Copal (productores de semillas transgénicas unos y las industrias de alimentos ultraprocesados los otros). La canasta alimentaria es insalubre. Las instituciones de nutrición acuerdan con las grandes empresas campañas publicitarias. Y los nutricionistas famosos colocan sus apellidos en mermeladas dietéticas (por dar un ejemplo) que dicen que son frutales pero apenas tienen un 8% de frutas, que no  tienen azúcar pero están endulzadas con aspartamo (edulcorante asociado con el cáncer) o con jarabe de maíz de alta fructosa (familiarizado fuertemente con la diabetes), que para que duren muchísimo tienen benzoato de sodio y sorbato de potasio como conservantes (genera alergias, urticarias, asma, etc, dice Barruti que dice la OMS). Y para reemplazar la fruta tienen saborizantes y colorantes y gelificantes para darles consistencia, etc.

 

Para Soledad Barruti habría que cerrar la boca. Pero sólo cuando llega, aviesa, la tentación de clavarse una Oreo, unas Lays, una Coca o una mermelada con la cinta del apellido que no se puede pronunciar pero que todo el mundo sabe cuál es. Sin embargo, la han enviado a cerrarla para no pronunciar un nombre. Para no escribirlo. Intentaron desde las instituciones de la salud ponerle mordaza a Soledad Barruti, que habla para abrirle caminos a la salud. Extraños estos tiempos. Paradojas del alimento que la presidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN), Mónica Katz, impida que abra la boca quien habla desde la soberanía de la comida en la mesa. De la comensalidad. Quien habla desde la libertad que concede la salud. Y no desde el sometimiento del patronazgo alimentario, desde los que negocian con la comida de la subsistencia, desde los que juegan con la salud con la misma impunidad con la que se fumiga sobre las poblaciones indiscriminadamente.

Me llamo Soledad Barruti y soy periodista. Investigo sobre temas relacionados a la alimentación. Escribí los libros Malcomidos y Mala Leche (editorial Planeta). Creo en la nutrición libre de conflictos de interés, y en la agricultura, no en el agronegocio. Comida de verdad como respuesta a todo”, se presenta en Facebook. Mientras Mónica Katz le manda una carta documento para que no la nombre más. Detrás tiene toda la industria de la alimentación.

Barruti es una especie de Quijote tirando melones contra molinos de viento. A su lado hay unos cuantos. Muchos. Muchísimos.

¿Poderosos? No veo.

Y yo elijo estar ahí. Desde siempre.

Fuente: www.surgentes.com.ar