Transgresores módicos

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17, Julio 2020

Transgresores módicos

Por Lorena Álvarez

El 14 de mayo de 1989 el actor Julio De Grazia en la soledad de su cuarto se pegaba un tiro en la frente. La televisión, un rato antes había anunciado el triunfo de Carlos Menem. Las primeras noticias sobre la trágica decisión del artista  daban cuenta que no había podido soportar el resultado de los comicios, tiempo atrás había dicho que si el riojana ganaba, acabaría con su vida.

A decir verdad, nunca se supo si ese fue el  verdadero motivo de la drástica determinación u otros asuntos lo aquejaban. Pero en la memoria colectiva de la época el mito quedó grabado a fuego. Ese comienzo melodramático fue leído, en ese entonces, como el principio de la resistencia del mundo artístico, aunque al poco tiempo pudo traducirse como el tiro del final de una época.

Los nuevos tiempos iban a ser una fecunda alianza política- farandulesca y eso pudo comprobarse a pocas semanas de asumir el nuevo gobierno. Increíblemente hasta el periodismo iba ser una destacada vedette.

Reírse o criticar lo barroco de esos años es un clásico. La impudorosa exhibición de los bienes y el confort fueron el sello de la década al igual que el espectáculo mezclado con la política, y todos a su vez mostrando sus fastuosos muebles dorados, sus paredes rojas o las alfombras de piel a través de las páginas de las revistas. Pero eso es apenas una punta fotográfica de aquellos  años donde lo aparente tapó el bosque de otros cambios. El subterráneo, el que, quizás, nunca se fue.

Como un extraño juego de espejo, nos pasamos de entender y lo que odiábamos, a odiar mucho de lo que fuimos. Era simple ser menemista para algunos, pero mucho más fácil resultó ser antimenemista para otros. Años de ética y estética desacomodados en el devenir de la historia.

Carlos y el periodismo televisivo 

Pasada la mitad de los 80, la dupla periodística más famosa de la tele, Bernardo Neustadt y Mariano Grondona, se separaron. Como una pareja sólida y de antaño, el divorcio fue “sin una escena, sin un daño, simplemente un adiós inteligente de los dos”. Bernardo se había quedado con el programa que los había cobijado, “Tiempo Nuevo”, su creación. Y Mariano en 1990 estrenaba en ATC (canal 7 hoy) su “Hora Clave”.

En uno de los giros más cinematográficos de la televisión, autocrítica mediante (antes de la más famosa de la década, la del General Martín Balza) Grondona empezaba esta nueva etapa pidiendo perdón por su historial de apoyo a los golpes y por arte de magia, y de avidez por programación política, rareza además en un período catalogado como apolítico, logró que fuera disculpado por la audiencia y encumbrado como el dueño del decorado donde iba a desfilar el progresismo antimenemista durante toda la década.

 “COMO UN EXTRAÑO JUEGO DE ESPEJO, NOS PASAMOS DE ENTENDER Y LO QUE ODIÁBAMOS, A ODIAR MUCHO DE LO QUE FUIMOS. ERA SIMPLE SER MENEMISTA PARA ALGUNOS, PERO MUCHO MÁS FÁCIL RESULTÓ SER ANTIMENEMISTA PARA OTROS. AÑOS DE ÉTICA Y ESTÉTICA DESACOMODADOS EN EL DEVENIR DE LA HISTORIA”

Merced a los buenos números del rating, poco tiempo después pasó al 9 de Alejandro Romay, el único canal privado de la  década anterior, que había empezado a sentir los embates de los nuevos privatizados. En especial Telefe, el otrora 11, el canal que se estaba quedando con buena parte de la audiencia desde el desembarco de la Editorial Atlántida en la tv.

Los martes, Bernardo hacia  su show para “la gente común”, bautizada por él mismo con el simpático nombre de “Doña Rosa”, una especie de vecina imaginaria a la que le relataba en términos mundanos y sencillos sobre el cuco del Estado-elefante, las bondades de las privatizaciones y la maravilla de la apertura indiscriminada de las importaciones, que nos iban a colocar en el lugar que nos merecíamos “el primer mundo”.

Una mesa redonda y un desfile ininterrumpido de diversos invitados: un novato golden boy Martín Redrado, la bella  y joven politóloga Marina Calabró, la elegante María Julia Alsogaray, transformada a esta altura de la soiré en una femme fatal de medias negras, elevada al extraño lugar de “las mejores piernas de la política” o la simpática Susana Gimenez llamando a votar por Menem en su reelección, mientras lo apodaba cariñosamente  “presi”.

Sin olvidar el día que Carlos Menem ofició de conductor del envío cuando el veterano periodista no pudo asistir porque estaba recién operado. Un presidente conductor de televisión. Y feliz porque el rating era más alto de lo habitual. Su faceta artística de parabienes.

Aunque hubo otro momento estelar: Bernardo, Cavallo y Menem alzando sus copas victoriosas la noche que el ex gobernador de La Rioja obtenía su segundo mandato.

Los tres le habían ganado a los medios. Desde un medio. Tranquilamente podríamos decir “lo hemos visto todo”. Ese espectáculo periodístico, a grandes rasgos, fue la pintura más visitada para recordar la década. Pero lo más  interesante, quizás, estaba enfrente.

El show del antimenemismo 

Mariano Grondona los jueves a las 22 horas en una mesa rectangular era el anfitrión que nos obsequiaba el terreno de la indignación y la crítica: corrupción, atropellos, república e instituciones. Mechado también con un poco del show aprendido en sus años de partenaire con Bernardo. Su austero recinto  televisivo también fue un desfile variopinto de la época. Con algo del recato que se necesitaba para ser antimenemista pero sin perder el ojo en la espectacularidad de la mal llamada caja boba.

Así pues, una noche se presentaron las quejas y la nueva cara de Zulema Yoma, post desalojó de la Quinta de Olivos, en un programa donde nadie sabía si escuchar sus denuncias o fascinarse por los veinte años menos que lucía, mientras la asociamos a la vedette Alejandra Pradón, cuya cara en esos años se replicó hasta el infinito gracias a las manos de los cirujanos plásticos. Nuestra “¿Quieres ser John Malkovich?”.

Pero sin olvidar que fue el espacio para debatir de periodistas como  Silvina Walger autora de “Pizza con champagne”, un libro que denunciaba  la “grasitud” menemista y cuyo título, ya de por sí, era una síntesis para retratar la época. Digresión necesaria: Silvina, en una vuelta simpática de la vida, llegó en los dos mil a ser, junto a Nancy Pazos, de las primeras damas que pudieron sentarse en la mesa de “Polémica en el bar”. Café con champagne.

“Hora clave” sirvió también de lanzador al estrellato de un apuesto diputado de rulos y facilidad de palabra, Carlos “Chacho” Álvarez, cuyo timing televisivo lo torno habitué de esa mesa, un indispensable que le hablaba a “la gente”. Conocimos en esa misma escenografía  a la periodista  Gabriela Cerruti autora de ese gran bestseller de la época “El jefe”,  la biografía no autorizada de Menem, que entre otros chismes suculentos, nos contaba que Carlos Saúl había llegado a tirarle un cocodrilo en la piscina a Zulema. Las delicias de la vida conyugal de cualquiera.

“EN UNO DE LOS GIROS MÁS CINEMATOGRÁFICOS DE LA TELEVISIÓN, AUTOCRÍTICA MEDIANTE (ANTES DE LA MÁS FAMOSA DE LA DÉCADA, LA DEL GENERAL MARTÍN BALZA) GRONDONA EMPEZABA ESTA NUEVA ETAPA PIDIENDO PERDÓN POR SU HISTORIAL DE APOYO A LOS GOLPES”

De esa mesa saltó a la popularidad, además, Graciela Fernández Meijide con sus anillos de plata artesanales y sus manos con dedos largos, decididos y en pose, representando mejor que nadie a la porteñidad ilustrada y sobria que venía a ponerle un límite al desmadre estético de la época. El plateado opaco versus el dorado y sus destellos. Una guerra declarada en la bijouterie de la época, un guiño casi imperceptible para conocer “de qué lado de la mecha te encontrás”.

Pero Mariano, además armaba debates y contrapuntos que elevaban el rating. Uno de esos cruces en especial ha quedado en la memoria  y fue el protagonizado por el entonces funcionario Jorge Asís y el actor Gerardo Romano. Ambos desde la estética demostraban ya que estaban en las antípodas. Mientras Asís lucía un correcto traje oscuro con un moño, Romano se ubicaba frente a él, de polera negra y campera de jean. La estructura del poder versus la desfachatez de la crítica podría leerse a simple vista. Pero en ese vestuario también había todo un clima de época, un detalle menor que terminó revelando que  nunca hay toque nimio que deba ser apartado. Ambos tenían en ese entonces la misma edad (48 años) aunque el escritor con su look de dandy de otra época parecía mayor que el actor, cuya fama y prestigio en ese momento no solo lo convertían en un taquillero en el teatro sino un buen vendedor de ropa. Era la cara de una marca de ropa. Junto a la Lolita (nombre impuesto a las modelos infanto- adolescentes de la época) Carola Del Bianco, una Kim Basinger púber, con la que posaba en un sugestivo abrazo para vender jeans. Años más tarde la jovencita se convertiría en la esposa del hijo del Secretario de Turismo de Menem, Paco Mayorga.

La rebeldía de Gerardo  también se cobraba en pesos. Pesos- dólares. Romano llevó al debate un escrito para leer a manera de proclama. Era su derecho a réplica, ya que la semana anterior, el autor de “Cuaderno del acostado” lo había criticado en el mismo programa frente a las miradas atónitas del periodista Alfredo Leuco y de un joven fiscal, que ya se había ganado un lugar en esa mesa, gracias, al igual que Chacho, a su impronta y su verba.

“Ah, vas a leer como Susana Giménez”, fue la chicana inicial del escritor. Para continuar con un discurso que hasta hoy merece ser recordado: “Romano sos un transgresor módico, un maldito de entrecasa que se enoja si no sale en la revista Gente y participa en la estética del reventado culposo”. Sin dejar de aclararle, además, que en “la mesa de los transgresores ni siquiera podría cebar mate”. Del escrito de Gerardo no recordamos nada.

Lo notable es que para quienes estábamos en la vereda del antimenemismo fue una derrota inesperada. Romano tenía estilo pero le faltaba peso discursivo a la hora de argumentar. Más interpretación que juego, improvisado para salir del brete. Un knock out que no imaginamos. Ahí vimos que con histeria y sobreactuación no íbamos a llegar y la reelección en el 95 de Menem nos lo iba a confirmar.

Ahora bien, Asís planteaba también una pelea estética, que si bien pareció ganar en ese entrevero televisivo, en realidad la perdió a largo plazo, la impronta Romano venció en el tiempo y hasta fue recogida años después por toda la política. Quedaba atrás cierta elegancia y la eterna imagen juvenil se adueñó de todo.

Descontracturados, leyendo a veces y sin demasiada solidez, pero con un halo de eterna jovialidad, dando bien en cámara, todo resulta más simpático y divertido. El estilo que impera ininterrumpidamente hasta hoy, inclusive en los años del kirchnerismo, que si bien logró recostarse sobre el margen más politizado de la sociedad, nunca pudo borrar del todo ese legado.

Mariano también cruzó al verborrágico escritor con la gran promesa periodística de esos tiempos el joven Jorge Lanata, que al igual que el actor, fue con un vestuario casual, una campera estilo “pelicula universitaria yanqui de los 80” muy colorida y lo primero que recibió del autor de “Los Reventados” fue un halago por su ropa al tiempo que le tiraba sin piedad:

“Te has quedado siempre en la frasesita Lanata, con razón Verbitsky te supera, prefiero discutir con el Perro que es más sólido”, “todo bien con la camperita el  titulito, pero decime algo más consistente”. Un zigzag en el espejo roto de la historia diría que hoy muchos de los que se fascinaron con Lanata bien podrían responder con el mismo argumento de su entonces odiado menemista. Un cuento de Cortázar a la medida de nuestros vaivenes políticos.

Para la segunda mitad de los 90, el austero living de Mariano  se convirtió en una hoguera, los debates empezaron a ser más agitados. Quizás el exitoso desembarco televisivo de “Mediodía con Mauro” en ATC, hizo tambalear a toda la televisión. Debatir era llegar hasta un carterazo o una ambulancia para socorrer a algún invitado. El Caso Coppola cambió para siempre la calma del intercambio televisivo. Un país detenido a la hora del almuerzo mirando cómo se podían agarrar de los pelos o llegar a las manos casi sin pestañear.

Mariano, tomó algo de eso y lo llevó a su living, extendió los límites. Y así fue como Carlos Auyero se descompensó tras una disputa en vivo y murió en el estudio, protagonizando una escena terrible que se asemejaba más a la película “Network”, ese film de Sidney Lumet, protagonizado por Peter Finch, en dónde el periodismo ávido de rating dejaba jirones de su vida.

“LO NOTABLE ES QUE PARA QUIENES ESTÁBAMOS EN LA VEREDA DEL ANTIMENEMISMO FUE UNA DERROTA INESPERADA. ROMANO TENÍA ESTILO PERO LE FALTABA PESO DISCURSIVO A LA HORA DE ARGUMENTAR. MÁS INTERPRETACIÓN QUE JUEGO, IMPROVISADO PARA SALIR DEL BRETE. UN KNOCK OUT QUE NO IMAGINAMOS”

La frutilla del postre fue el día que sentó frente a frente a un torturado y a su torturador.

Alfredo Bravo, en vivo, padeció una fuerte una discusión con Miguel Etchecolatz. Un momento olvidable y penoso de la televisión. Ni Elisa Carrio pudo mantenerse impávida.

Llamó al piso a retar a Mariano Grondona.

Elisa, esa nueva adquisición invalorable a partir de la segunda mitad de los 90. La diputada periférica y progresista que en ese mismo espacio confesó que le molestaban “estos nuevos ricos y que ella amaba a los verdaderos aristócratas”. Insólito cómo años más tarde nos asombraron, pues, otras declaraciones. En esa estaba la madre de todas las restantes.

El final de los 90, lo encontró a Mariano algo alicaído y llevando a su propio estudio a Susana Giménez  post cenicerazo, queriendo cambiar el Código Civil. Huberto Roviralta, su ex marido, no merecía llevarse parte de su dinero. A Su no le importaba que la ley así lo marcará, quería que se cambiara el Código Civil y entre mohines y desparpajo lo explicaba frente a un Mariano más preocupado por los números del rating que por esa rencilla doméstica millonaria.

Una nueva competencia progresista le había aparecido tiempo atrás. Jorge Lanata.

Humo en la tele

Jorge Lanata era, encaminados los 90, el director del diario Página 12 y el conductor de la mañana de Rock and Pop, “Rompecabezas”, un programa político diario que los jóvenes escuchaban para estar informados. Zloto, Lejtman y el Ruso Verea, formaban el equipo que lo acompañaba mientras hablaban de “vos” y  todo como si los oyentes fueran los nietos de Doña Rosa, la creación de Neustadt. Los nietos de Rosita, a diferencia de la abuela, eran “la gente”.

El vocabulario en todos los ámbitos  parecía dirigido a los que no gustaban de la política. Mientras en sus diferentes formas consumían política. Amanecíamos con indignación pero nos acostábamos con la bohemia intimista del mismo Lanata, que de trasnoche nos regalaba “La hora 25”, un programa donde hasta se daba el lujo de hablar, entre otros, sobre Charles Bukowski el escritor “maldito” que fascinaba a los jóvenes de esa década.

“EL VOCABULARIO EN TODOS LOS ÁMBITOS  PARECÍA DIRIGIDO A LOS QUE NO GUSTABAN DE LA POLÍTICA. MIENTRAS EN SUS DIFERENTES FORMAS CONSUMÍAN POLÍTICA. AMANECÍAMOS CON INDIGNACIÓN PERO NOS ACOSTÁBAMOS CON LA BOHEMIA INTIMISTA DEL MISMO LANATA”

Pero a Jorge un día le llegó la tele y ahí estuvo parado, en una escenografía  dinámica, acompañado por periodistas que iban apareciendo entre las letras del nombre del programa. Trajeados pero modernos, entre el humo del cigarrillo que Jorge no dejaba de fumar, un staff de caras frescas y denuncias que indignaban. Ernesto Tenembaum, Marcelo Zlotogwiazda, el humor siempre exquisito de Adolfo Castelo y la contundencia de un periodista de redacción, Horacio Verbitsky, el dueño de la editorial de los domingos de esos años.

“Dia D”, éxito asegurado para un canal que quería quedarse con una porción que el 9 estaba perdiendo. Años más tarde, y ya con la Alianza gobernando, Jorge disfrazado cual carnaval carioca entre papel picado y silbatos festejaba la detención de Menem. Uno pensaría que solo durante el menemismo Jorge pudo alcanzar semejante prestigio, pensándolo maliciosamente, en otro contexto histórico, quizás solo hubiera sido el tipo de la camperita que Asís, irónicamente le había halagado.

Los chicos de anteojos negros

Mario Pergolini después de sostener con éxito en la  Rock and pop su programa  “Malas compañías” fue contratado por Alejandro Romay para que compita con la nueva e impensada estrella de Telefe, Marcelo Tinelli, un comentarista deportivo que durante años había participado del programa ómnibus “Badía y cía”, y por esos azares de la vida, ante la negativa de otro conductor, Gustavo Luteral, también de las huestes de Juan Alberto Badía, quedó al frente de “Videomatch”, un programa de trasnoche que cerraba la transmisión. Nada que generara ninguna expectativa.

Casi al borde de naufragar, entre bloopers y chistes de adultos que parecían niños, el programa pasó a ser un boom y Tinelli considerado como la revelación televisiva. De premio le dieron, además, la noche del domingo para que modere  otro show musical, “Ritmo de la noche” haciéndolo competir directamente con quien hasta entonces era el rey de la tele, Gerardo Sofovich.

El país de un domingo para otro vio caer un imperio, pues Marcelo con sus bailarinas, sus diosas y dioses de la noche y sus invitados internacionales, le asestó un duro golpe a Sofovich. Pero a rey muerto, rey puesto, rápidamente la televisión cambió de monarquía sin ninguna guerra cruenta. Gerardo amigo personal del Presidente dirigía ATC, tampoco su caída era tan estrepitosa.

Romay, que venía necesitando repuntar con su programación quiso hacer del joven Mario Pergolini una versión más irreverente, antimenemista de Marcelo, el yerno bueno que le decía “jabru” a la esposa y parecía ser la cara del triunfal uno a uno. Mario, debía encarnar entonces al hijo descarriado, “La tv ataca” en formato diario y “Hacelo por mí”, los domingos, no pudieron contra Marcelo y se fue de la televisión prometiendo como muchos, que nunca regresaría.

“ROMAY, QUE VENÍA NECESITANDO REPUNTAR CON SU PROGRAMACIÓN QUISO HACER DEL JOVEN MARIO PERGOLINI UNA VERSIÓN MÁS IRREVERENTE, ANTIMENEMISTA DE MARCELO, EL YERNO BUENO QUE LE DECÍA “JABRU” A LA ESPOSA Y PARECÍA SER LA CARA DEL TRIUNFAL UNO A UNO”

Pero una noche volvió: de traje impoluto con lentes negros, con un dejo a  “Los Blue Brothers”.  CQC, “Caiga quien caiga”, era, esta vez, su propio programa. Debutaba, encima, como hacedor. Si bien para muchos era la versión aggiornada de “La Noticia Rebelde”, un exitoso programa de humor y política de la  primavera alfonsinista, con  CQC, nacía otro hijo apolítico a la tele. Reírse ya no solo de la política sino mofarse de los políticos. Pispeado con los ojos de la actualidad, a muchos que nos divertía eso, hoy no lo soportaríamos ni un minuto. Ese estilo nos hallaría odiando otra vez lo que amamos.

Cambiar, crecer, no solo es ver cualquier foto vieja. También es observar qué nos gustaba.

A Pergolini también le llegó su hora frente a Menem. Una sorpresa en la que terminó sorprendido el desinhibido conductor. El mismísimo Carlos lo atendió por teléfono, llamaban esperando nunca ser atendidos y para asombro de todos, se hizo presente del otro lado del teléfono diciéndole que le pregunté lo que desee. Nadie recuerda la pregunta de lo nimia y banal que fue. La rebeldía sucumbió frente a su burlado. Y los espectadores asombrados ante la modosidad menos imaginada. El joven contestatario no lo era tanto.

Todo concluye al fin 

La televisión, el cine, la radio y las revistas han dado tanta tela para cortar durante esos años que parece hasta injusto tomar solo este retazo. De cualquier modo, sigo siendo piadosa con nuestras propias ilusiones, esas que nos hicieron creer que “resistimos los 90”, sin darnos cuenta que fuimos domados por la época, entre tanta pérdida y flexibilización. Los 90… eran irresistibles también.

Los años de Carlos Saúl, ameritan seguir relatando otros fragmentos. Al fin y al cabo fuimos por un rato, esos transgresores módicos que sí pudimos sentarnos en la mesa de los transgresores, aunque sea sólo para servirles mate.

Fuente: www.panamarevista.com