Vía Crucis del padre Mugica: Estación Río Cuarto

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11, Mayo 2020

Vía Crucis del padre Mugica: Estación Río Cuarto

Y las polémicas que tejió su visita

Por Omar Isaguirre

La figura y presencia del sacerdote católico Carlos Mugica ha logrado trascender en el tiempo, sortear olvidos y conmover con su martirio la historia de los crímenes políticos sucedidos en la Argentina contemporánea. El camino del Padre Mugica, desde el momento mismo en que decidió vivir las prédicas del Evangelio junto al pueblo, estuvo preñado de complejidades que sobrellevó con entereza y valor, pero que no fueron suficientes para evitar su trágico final anunciado.

Con su perfil de cura villero y tercermundista Carlos Francisco Sergio Mugica (1930-1974)  era un hombre público altamente popular en Buenos Aires, y en cierta forma, un ser  mediático reconocido tanto por la alta sociedad porteña cuanto por los sectores populares; en el Interior se lo conocía tal vez menos, por eso, cuando existía la ocasión de una visita suya, el interés del público, en particular de la juventud, se potenciaba.

Así llegó a Río Cuarto en 1973, inmediatamente de terminadas las elecciones generales que llevaron al triunfo la consigna “Cámpora al Gobierno, Perón al Poder”, cuando el Padre Mujica fue invitado a disertar por la Escuela de Conducción Política Zonal Río Cuarto del Movimiento Nacional Justicialista (ECP), recientemente creada en la ciudad colateralmente a las estructuras del Partido Justicialista (PJ), incluso con sede propia. De esta manera la novel Escuela estrenaba su ciclo de conferencias el viernes 23 de  marzo de 1973 en el Teatro Municipal.

La apretada agenda del Padre Mugica,  abarcó una variada actividad: 1. Entrevista con la prensa;  2. Un diálogo-debate con jóvenes  militantes peronistas en la Biblioteca de los Sagrados Corazones, en cuya casa parroquial debía hacer noche; 3. Rezo de la Santa Misa en la Parroquia de Nuestra Señora de la Merced, en Pueblo Alberdi; 4. Declaraciones exclusivas a la radio LV16, y al Canal de televisión, en sus estudios; y 5. Disertación abierta al público en el Teatro Municipal anunciada bajo el título: “Cristianismo y la problemática social de la actualidad”.

Días atrás, el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI) había triunfado ajustadamente en las elecciones municipales, por lo que el doctor Humberto Julio Mugnaini era el intendente electo de la ciudad, con alta simpatía popular. No obstante, si bien el peronismo en 1972  había superado una contienda interna provincial, donde la lista del doctor Ricardo Armando Obregón Cano había superado a la del doctor Julio Antún, no había uniformidad en la forma de ver y actuar del justicialismo. Las elecciones generales habían disimulado las profundas desavenencias y resquemores sobrevinientes entre ambos sectores. Tanto en los discursos y consignas de la campaña fervorosa electoral reciente, cuanto en las  pintadas murales y panfletería crecían dos patrias en ciernes: La “Patria Socialista” y la “Patria Peronista”, representativas de los extremos izquierda y derecha.

Río Cuarto no era ajeno al fenómeno. Sin que las diferencias latentes llegaran a los medios de comunicación, en la sede partidaria, las unidades básicas, las organizaciones sindicales, las disparidades eran fácilmente advertibles y se corporizaban en dirigentes con nombres propios. Los epítetos “zurdos”, “bolches”, “infiltrados” y “montos” eran expresiones corrientes en boca de la dirigencia y el gremialismo históricos para denostar en particular hacia la nueva dirigencia y al grueso de la Juventud Peronista que replicaba con la definición “fachos”, todo enmarcando un peligroso maniqueísmo.

En ese clima llegó el Padre Mugica a la ciudad, quien no disimuló su particular forma de ver la Iglesia y la función sacerdotal de la hora, su adhesión al tercermundismo, la causa villera, e identificarse claramente peronista, y entender la vía revolucionaria para lograr el objetivo de la liberación, donde el tema de la violencia generaba interpretaciones disímiles. El argumento discursivo de Carlos Mugica no contenía improvisaciones, era sólido y coherente, incluso cuando se apoyaba en las citas evangélicas. Además sus expresiones resultaban fáciles de entender e interpretar. Basta recorrer las publicaciones donde quiera que el cura hablara, para comprobar su fidelidad a la letra base. Cuando ese mismo año apareció el libro “Peronismo y Cristianismo” su pensamiento narrativo era absolutamente coincidente con sus declaraciones orales.

La ECP de Río Cuarto era una filial de la Escuela Superior de Conducción Política, reducto de la derecha peronista acérrima que practicaba el purismo ideológico. Sin duda sólo algún vínculo o compromiso personal podía justificar que Carlos Mugica fuera traído por ese sector. El hecho fue que el interés mayoritario de la JP y la juventud en general por escucharlo, les permitió virtualmente “copar” el Teatro Municipal, colmado por una heterogénea concurrencia. Allí el orador fue ovacionado a viva voz. Paralelamente la JP se las ingenió para conseguir un encuentro mano a mano con el sacerdote, a espalda de los organizadores, nada menos.

Las repercusiones ante los visto, oído y leído del Padre Mujica estallaron por tres vías: I. Carta abierta en el diario El Pueblo del senador electo de la Unión Cívica Radical, doctor Fernando Hugo Mauhum, condenando las declaraciones y las referencias al asesinado general Pedro Eugenio Aramburu; II. Carta abierta -por la misma vía- del militar retirado Juan Bautista Picca, acólito de aquél en 1955, con copia al teniente general Alejandro Agustín Lanusse y a la Fundación Rizzuto, repudiándolo por similares motivos; 3. Inédito enfrentamiento público de la ECP y la JP a través de los diarios locales, dejando al descubierto sus ocultas diferencias ideológicas , llegando a aceptar que fueran ventiladas en un prometido debate abierto tras el “ballotage” provincial.

Conclusión 

El Padre Carlos Mujica estaba sentenciado a muerte de antemano por la díada izquierda-derecha, con sus explícitos motivos de un lado y otro. Él lo sabía y cuando podía tomaba recaudos; en Río Cuarto -por caso- debía pernotar en la casa parroquial de los Sagrados Corazones, empero, por su seguridad lo hizo en un domicilio aledaño. Finalmente, un año después fue asesinado por un sicario al servicio del ministro José López Rega, al frente mismo del templo San Francisco donde acaba de practicar fielmente su ministerio.

La última parte de su vida, bien se podría asemejar a un vía crucis con sus estaciones, estigmatizado entre la piedad de sus villeros seguidores y la condena de sus detractores. Hubo una “estación Río Cuarto”, mal que pese. Carlos Mujica conoció, al menos parte, de lo sucedido aquí; el recorte con los dichos del doctor Mauhum está en su archivo personal. Quizá no llegó a conocer demasiado que su presencia abrió un primer enfrentamiento, ahora le llaman grieta, entre dos posiciones irreconciliables que concluyeron en el más doloroso martirio de la argentinidad, con rasgos de intolerancia que cíclicamente revive, o más propiamente dicho: siempre está… porque nunca se fue.